Ejercicios a manos libres de algunos miembros jubilados del extinto taller literario "Ateneo Vallartense" Ricardo Simental, Rafaél Torres Meyer y Paco Juarez.
viernes, 4 de febrero de 2011
Desde el primer mundo
Se tocó el ala del sombrero a modo de saludo. Con los ojos brillantes, aspiró el aroma del copal que se desprendía al paso de ella, menudo y rapidito. Le soltó un piropo desmadejado, sonriendo ante el mohín de disgusto en su rostro y el gesto de desaire que hizo con la cabeza. "Ya verás un dia de estos" se dijo, con sorna. Se acuclilló a la sombra del muro de adobe junto al que había estado parado. Con la sonrisa pasada, se acomodó el jorongo para cubrir mas espacio y echó el sombrero hacia adelante, ocultandose al mundo excepto la barbilla. Cerró los ojos, dormitando, pasando por detrás de los parpados las imágenes del campo a las 4 de la mañana, y del sol inclemente sobre la espalda, hasta que pararon el trabajo. Escuchó los pasos que se acercaban, adivinando al propietario, y respondió al saludo de "buenas" con un murmullo y un gesto de la mano, sin levantar la cara. Percibió el olor de los frijoles del desayuno en las uñas y le volvió a dar hambre. Al sonido de las voces levantó el sombrero y miró fijo a la cámara que le apuntaba, sin mover ni un músculo. El tiempo y la imagen se congelaron. En la oscuridad de la sala, parecía que miraba desde la pantalla a las hileras de rostros rosados orientados hacia arriba. Con las bocas abiertas, contemplaban a ese de allá en lo exótico, en lo sucio, en lo pobre. Se acomodaron en las butacas del british cinema, en el notting hill de londres, metiendose con los dedos los "popcorn" con azucar en la boca, mientras en el rostro moreno de la pantalla se cerraban de nuevo los ojos y se ocultaban bajo el sombrero. El publico insulso se impacientaba esperando el desenlace de muerte, de sangre, con la desaparición de ese hombre tan lejano a ellos. La trama vaticinaba otra cosa y al alargarse la espera, se levantaron y empezaron a arrojar toda clase de objetos contra la pantalla, haciendo gala de estupidéz. Uno de ellos le dio en la frente y eso lo levantó, ya sin indolencia alguna, buscando al culpable. Un close up lo hizo crecer desproporcionadamente y le captó perfectamente el ceño cuando elegió a uno de las filas de enmedio y sin saber diferencias entre un americano y un ingles, sin miramientos le espetó:¡Tú, pinche gringo! y con un gesto clarísimo les enseño la axila, levantando el brazo en una clasica e inconfundible señal del destino. Todos aplaudieron.
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