lunes, 7 de febrero de 2011

El otro día

Seguía el sonido de la música, bajando en cascada desde una pared del cerro. Seguía las nubes con la mirada y orientaba sus pasos con el movimiento del viento en las enaguas de ellas. El sol era testigo y nada más. Quería cantar pero la voz se le atoraba en la garganta, pugnando por destrabar el nudo que desde siempre ha existido ahí. Los oídos atentos seguían fielmente la huella de las notas, como fantasmas en formación. Adivinaba pasar a la gente sin prestar atención a los detalles, pero sintiendo al Dios que se envuelve en ellos, respirando sin sentir pero sintiéndose respirar. "Estoy vivo"-pensó, con la alegría del descubrimiento- "estoy vivo y voy para allá". Aceleró el paso, no consciente del riesgo, y cruzó avenidas y calles sin señalamiento ni duda. Usaba su rostro como una antena, encontrando la ruta sin aparente dificultad. Tropezó con un obstáculo imprevisto: el pie de alguien. Se disculpó y quiso seguir adelante pero una mano le retuvo con fuerza, mientras la voz le reventaba en la oreja. No entendió el reclamo pero percibió el olor. La rabia irradiaba de ese sujeto, pero no, no, el sujeto era él mismo. El que lo apresaba era el otro. Sin desviar la mirada, luchó por librarse, sin conseguirlo. Perdió la música y las nubes y la orientación del viento. Perdió las ganas de seguir. Fastidiado, volteó finalmente para ver a su captor. Él mismo se devolvió la mirada, con una amplia sonrisa desfigurándole el rostro, con esa sinceridad siempre poco estética. "Disculpe Usted", se miró decir, "venía distraído".

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