lunes, 24 de enero de 2011

La despedida

La niña estaba llorando. La madre esperaba junto al auto, con una serie de cosas en las manos, las que no cupieron en las malestas. La más pequeña, ya en la cabina, miraba con espanto lo que ocurría. El padre vociferaba y entraba y salía con una cosa a la vez, arrojándola en la parte trasera del vehículo, que estaba ahi como todas las cosas de los humanos, inmóvil e indiferente. La niña lloraba y quería decir algo, con la madre queriendo que lo diga y el padre sin darse cuenta. ¿Era un ruego lo que venía? Los inocentes siempre son lo que ruegan. Y de todas formas los sacrifican. La madre mira arrepentida de todo la casa de la que la arrojan. La más pequeña no cuenta por ahora, a pesar del laberinto de horror apagado con el que tendrá que lidiar para siempre. La mayor intenta articular palabra. El padre lo nota y grita desaforado ¡Qué, que!, y no pregunta, ordena. Y no le importa, agrede. Se acerca a ella, maldiciendo. La golpea en la cabeza, la sacude. La madre sólo mira. La niña no puede decir ya nada. Se suben todos al auto y se marchan, para que ellas no regresen nunca. El padre actua con el convencimiento de que tendrá siempre oportunidad de remediarlo todo. Lo cierto es que la inocencia que se destruye no se remedia jamás. Lo cierto es que nadie se lamenta por ello. El auto regresa luego, conducido por un hombre solo. Ronronea y luego enmudece, permaneciendo ahí, como todas las cosas de los humanos, inmóvil e indiferente.

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