Escuchó el rumor abultado que venía desde el lado del río, librándo los árboles y estrellandose contra el cristal de la ventana que se abre justo encima de la cama pegada al muro húmedo, puesta ahi por la terquedad de los mayores que no saben de realidades y a todo le llaman sueños. Lo escuchó crecer y crecer, moviendo las ondas del aire entre las ramas y las hojas desprotegidas, temblorosas, empujando la oscuridad contra sus ojos. Cerró estos últimos con fuerza, comprobando la poca protección que ofrecían. El rumor se habia convertido en aleteo y el escalofrío que le envaró las piernas le dijo que acababa de mojar la cama, pero no prestó la mínima atención a ese hecho que sería un mayúsculo conflicto para los adultos al día siguiente. El aleteo se acercaba despacio, pesado, como un enorme animal que nadara en el viento. Las primeras sombras le sorprendieron por su inmediatéz, aunque brincaban encima del techo, con demasiado impulso para voltear hacia él. "No mires" pensó, recordando la admonición de un cuento ruso en el que si no mirabas a los demonios estos no podían verte y quizá en ese cuento eso funcionaba, pero a él no le sirvió de nada. Un cuerpo voluminoso chocó contra el muro, del lado del pequeño patio bodega tiradero que se hallaba fuera de su ventana. No pudo evitar abrir los ojos con algo de suicida desesperanza. Quería no ver lo que ahí estuviera pero sabiendo que sí estaría y que irremediablemente la vería con ese horrible gesto que las distinguía a todas, tan nauseabundo. Los gritos de su voluntad se atoraron todos entre sus cuerdas vocales, víctimas de esa maniobra traicionera del pánico y del horror. Y la miro ahí cerquita, pegada al cristal la faz espantosa con la boca desdentada que mascullaba sin voz la orden inevitable: "abre" con una especie de O larga al final que se leia "abreo" o abro que al fin no era necesario porque él ya estaba liberando el seguro y recorría el cristal para el viento y las sombras y lo indeseable que se introdujo hasta cualquiera que hubiera estado allá adentro. Los adultos no repararon en la falta de mirada que les recibió en la mañana, sino en el olor de la orina y en la cierta indiferencia con que enfrentó los regaños. Al fin que ellos no entienden de realidades y a todo le llaman sueños.
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