sábado, 19 de noviembre de 2011

Con cierta pena

El agua rebosa desde el vaso apoyado contra el grifo. Se derrama sobre cristal, falanges, uñas, palma rosada elevada sobre las sobras. Corre por el brazo, siguiendo la línea de la parte inferior, un tanto flácida. Gotea desde el codo, con gotas aceleradas que pronto se convierten en una pequeña cascada. El espejo de media cerámica del piso cambia su tono a medida que se extiende la pequeña inundación, rodeando los pies desnudos, donde se repiten los dedos, las uñas y las plantas menos rosadas, las venas de la piel que corren hacia arriba, hacia las piernas separadas, que dejan inerme al aire y a las tentaciones el nido de sueños que desde entonces se encuentra vacío.  Un camión de servicio grita usando chofer y garrotero mientras las sirenas suenan a todo volumen, y sus oídos se cierran a todo menos al silbido de alguien que camina fuera de horas de escuela y trabajo pero dentro del ocio. Arriba, en la habitación incompartida, se revuelven los fantasmas de un sueño que debió tener otro final, forzándose a partir después de una noche de insomnio. Las sábanas han sido apartadas con fuerza, despeñándose sobre las baldosas blancas o casi, formando una caída de tela como espuma, ocultando las ropas abandonadas sin cuidado por la premura del deseo y la ebullición de la sangre. El calzado ha llegado hasta ahí dejando su rastro por estancia y corredores, escaleras y habitación. Totalmente olvidado, se queda dentro de su postura grotesca, para siempre separado de su par. Suena el reloj con una aguja enorme moviéndose indiferente al tiempo, obedeciendo a un engrane que es el último de una serie de engranes y le tiene atrapada señalando espacios disparejos. Abajo, el grifo se ha cerrado, finalmente, pero el agua sigue corriendo por efecto de un ligero declive que ahora le sirve a la cocina, al lugar donde ella se ha quedado sin mirar pero viendo la vida de allá afuera, pensando que en ese momento él debería estar en la oficina, en mangas de camisa, dando instrucciones o hablando por teléfono o enviando mails o mirando a la secretaria o las esposas de los clientes o las aspirantes que siempre le rondan, pero quizá le estaría hablando a ella, eligiendo el sitio y la hora. Se imagina lo que él imaginaba anticipando su placer, que es lo único que le importaba y mira en el recuerdo de anoche esa frente que se le perlaba de sudor en la agitación del amor pero sin dejar de estar llena, ella lo sabe bien, de las imágenes de la otra y la otra y la otra, y entre ellas ella, un tanto a fuerzas, un tanto a costumbre, un tanto a conveniencia. El agua ha llegado a la puerta y se desliza hacia el pasillo que se dirige a la entrada, donde hay unas cajas que le servirán para limpiar todo, que podrían desfondarse si se mojan pero a ella no le importa, entretenida imaginando como él se despediría de todos y se lanzaría, saco en mano, al estacionamiento para buscarla a ella, a la otra ella, mientras ella aquí se desentiende de todo, mientras ella aquí se olvida que el baño quedó hecho un desastre y que deberá limpiarlo si no quiere que le descubran.  Y sin embargo sus pies se quedan ahí, varados en plena resaca seca, en plena inocencia de la culpa, de lo terminal. Recuerda el teléfono descolgado, preguntándose si eso tendrá algún costo. El auto de él refleja un sol chiquito que viaja desde la acera contraria, donde siempre lo deja, esperando como montura mansa y resignada a que alguien le encienda. Los músculos le duelen, casi tanto como el cuerpo del interior, el que ella se empeñaba en mostrarle y él nunca quiso ver. De pronto se siente extremadamente cansada, pero sin las nauseas, sin la histeria, sin la desesperación que se le había hecho costumbre. Mira indiferente el piso mojado, ya secándose en partes, y se vuelve hacia el umbral que separa el área del comedor, hacia donde camina, ligera para su sorpresa, y con algo de torpeza, aparta las sillas y se tiende sobre la mesa, cabalmente desnuda, mirando el techo desconocido de su propia casa. Ahí, finalmente, se duerme. 
 

jueves, 17 de noviembre de 2011

Para siempre


Me di cuenta de que éramos un par de extraños. Ella tocaba mi mano con un movimiento nervioso de paloma de plaza entre mis nudillos, apretando los dedos como señalando un punto, una postura, una indiscutible falsedad. Yo le miraba hacer, sintiendo un cierto enojo bullir desde muy adentro, después de la respiración y la sensación de hormigueo del deseo frustrado por la conversación insulsa. El pelo se le agitaba envolviéndole el rostro con gestos de viento o de agitada confirmación. Le miré los ojos, de pronto esquivos, de pronto más negros que de costumbre. Me dio vértigo.
- Creo saber lo que te pasa- le dije, en el tono más mesurado que tengo.
-Ah, si? - me retó, como siempre - a ver, dimelo tú, entonces
- Que ya no me quieres -
La risa se le interrumpió cuando se percató del tono de la frase. No había reproche alguno. Lo sé porque yo la dije y la dije así como si dijera que las mujeres tienen una parte de luna y dos más de sol por cada parte. Lo dije como si supiera que no había dicho nada más cierto en mucho tiempo. Vi alejarse la frase en su expresión, adentrarse en su cerebro pero antes de comprenderla se le desvió hacia el corazón, ese corazón que las mujeres tienen en el bajo vientre, lejos del sexo y cerca del alma y el ego. Por supuesto que no le gustó. No le gustó nada.
- No empieces - respondió, sin el brillo irascible que le antecede la impaciencia.- No es eso lo que tengo -
Pero lo decía bajito, como convenciéndose antes de decirlo, como repasando el lomo de cada palabra antes de dejarla ir hacia mí pero no conmigo. No se me acercaba ni para mentirse o mentirme.
- He pensado mucho.......y si, aunque lo dudes - Ya estaba otra vez ella contrincante y yo, medio cansado, mejor no dije nada- He pensado que ..bueno...hay algo que no nos deja estar. Como si tú no estuvieras nunca a gusto. Y también sé que te aburro, porque me oyes hablar pero no me escuchas- 
Ahí menos dije nada. La seguí mirando, sabiendo que la incomodaría,  y haría su mohín de niña viciada o mimada o dejada. Le quise encontrar el encanto y este se me perdió entre el laberinto de recuerdos que se ajustaban bien al momento. Las conversaciones alrededor, los letreros de lo fantástico "sanitarios, ellos, ellas, bienvenido" ,  las horas que se guardaban entre los pleigues de las cortinas inútiles con tanta inmensidad de luz. Ella volvió al intento de sonreír, asintiendo ante la certeza de que nunca la escuchaba. 
- Ya ves?, estás ido - Sorbió algo del refresco, o del café, (ni sé lo que había pedido) y echó un poco los hombros hacia atrás, despejando el espacio para los senos y los sentidos todos que siempre me ha despertado. Quise darle un abrazo, y ese querer se me notó, porque volvió a la trinchera de la mano, mi mano, la que a veces no reconozco. Se sintió otra vez en casa; deseada; reconocida -Claro que te quiero, aunque seas un tonto y no me prestes atención- 
Ahí supe que la había leído. Una y otra vez había leído esa novela de lugares comunes, efluvios ciegos, drama, risa, hastío y escarnio. Supe que me llevaría a la siguiente estación o capítulo o punto y coma y adelante con la trama. Supe hasta lo que me diría después. Me ví desde afuera, como un bobo espectador que literalmente deja la boca abierta, en plena desconexión del cerebro, del abandono de clases. Hice la cuenta. Ella no tendría que pagar mucho por un par de bebidas. En un salto, la calle estaría cercana, al alcance de los ojos, las piernas, la desfachatez del que abandona. La vida se me vendría encima girando sobre avenidas, trabajo, oficinas, aviones, cabrones, bancos, impuestos, tragos y mujeres chachachá. Vi la libertad ignota. Casi sentí la fé. Pero entonces vi mi reflejo en una de las ventanas: una silueta doblada hacia ella, disimulando el miedo a la soledad que me azota desde siempre montado en cuclillas sobre mi espalda. Supe que éramos extraños y en eso sí muy parejos. Y sin embargo, me sorprendió su intensa desilusión, su casi palpable desesperanza mientras abandonaba mi mano y yo me acercaba musitando, con un tono medido, sin que sonara muy bajito: 
- Yo también te quiero -
 

viernes, 11 de noviembre de 2011

Cielo de Ciudad

“Espero que no tenga que pasar otro año entero para volver a encontrarte” con esas palabras me despedí de ti aquella segunda vez. Si. Había pasado un año desde que te conocí y me dejaste con un cuba libre en la mano derecha, un cigarro a punto de terminarse en la izquierda, mal sentado en la silla de aquella cantina, el plato con rancheritos casi completo, con la cuenta, aquella borrachera, una erección padre entre las piernas y un charco de orina en el piso.
Yo no quería beber ese día, lo juro. No podía beber, mi turno comenzaba a las once de la noche, te encontré a las ocho, solo entré a buscar mi mochila que había dejado la noche anterior en esa cantina, pero ahí estabas, sentada en la barra, aburrida, absorta haciendo figuras en el agua que tu cerveza sudaba sobre la vieja y sucia madera de la barra, el mundo giraba, nosotros con él y tu lo ignorabas, no te importaba. El mundo era tuyo y giraba a tu ritmo, o no giraba, o si lo hacía no lo sentías o peor aún, no le prestabas atención.
Mi mochila apareció en cuanto llegué, Braulio el mesero me reconoció en el acto, como no, ese lugar era mi segundo hogar. Pero estabas ahí, sola en la barra, sin esperar a nadie, sin importarte nadie. Me senté junto a ti, te saludé, me miraste y regresaste a las jirafas acuosas que dibujabas, pedí el primer ron.
A la mitad del segundo ron, yo seguía hablándole a tu mano, o tal vez a tu arete, a cualquier cosa menos a ti, no me escuchabas o eso creía, ni siquiera agradecías las cervezas que te invitaba. “¿Qué tomas?” preguntaste al final del vaso. “Ron” dije escupiendo un hielo que jugaba en mi boca.
“Todas estas historias de cantina son iguales” decías ¿Qué quiere saber? Me preguntaste harta de mi.
Y es que yo lo quería saber todo.
Recuerdo que al tercer cuba libre me dijiste que me dejara de hacer pendejo, que eso ya era una peda en forma, que pidiera la botella y te emborrachara, que te hiciera el amor después, que las historias de cantina así terminaban.
“¿Tienes novio?” pregunté y quise parecer casual.
“Y a ti que te importa” y bebiste de mi vaso, me miraste con ojos duros “No me quieras hacer pendeja, si voy a coger contigo borracha tu también tienes que estarlo.”
Me llevé todas las sillas que encontré en mi camino al baño, entre caminar disimulando mi erección y controlar la borrachera el camino al mingitorio nunca fue tan largo, tan penoso.
Salí del baño y todo daba vueltas, el piso era de hule, se movía, las mesas se me atravesaban, tropecé con todos, con todo, regresé a “nuestra” mesa, ahí estabas, ahora dibujabas en una servilleta. “Soy diseñadora ¿sabes? Si, ya sé, eso te importa un pito.” Pero me importaba.
No recuerdo mucho más, de repente me vi solo, a lo lejos salías de la cantina, quise levantarme y seguirte pero no pude, estaba borracho.

-Hace un año te conocí. ¿Recuerdas?
-¿Ya hace un año?
-Si
-¿Y porqué te acuerdas?
-¿Cómo olvidarlo? Ha sido la peor peda de mi vida, recuerdo que te vi salir de la cantina y no me pude levantar, cuando me di cuenta, me había miado en los pantalones ¿por qué me dejaste?
-Pues por eso, ya estábamos muy borrachos. Casi no me acuerdo. -Hiciste una pausa y encendiste un cigarro. –Ya no me acordaba de ti.
-Yo nunca dejé de pensarte- Un silencio incómodo se hizo entre nosotros- Es neta. –Remarqué.
-¿Te vas a poner pesado?
-¿Te parezco pesado?-me hice para atrás en la silla.-Recuerdo que me dijiste que te emborrachara y te hiciera el amor.
Te sonrojaste o eso me pareció, desviaste tu mirada como buscando algo entre la gente que pasaba por la atiborrada cafetería.
-Si, lo sé, de eso si me acuerdo, es largo, no quiero hablar de eso ahora, fueron días extraños.- Miraste tu reloj-Oye, me tengo que ir, gracias por el café y gracias por acordarte de mi… -Una pausa mientras te mordías el labio y te quitabas el cabello sobre los ojos- En serio, me tengo que ir, llámame otro día ¿si?- Me diste tu tarjeta.
-Espero que no tenga que pasar otro año entero para volver a encontrarte.
No respondiste, tamborileaste tu dedo sobre tu tarjeta, en un ademán que decía, “ahí tienes mi número, pendejo” tomaste tus cosas y saliste entre la gente.

Tu tarjeta adornó mi buró por mucho tiempo, todos los días la veía y me decía, que tenía que llamarte, ese día nunca llegó, cuando pensaba en ti me sentía un “pesado”.

Tal vez no fue un año más lo que pasó, perdí la cuenta, la primera vez me comí la vergüenza de la orinada y regresé a la cantina una y otra vez, como siempre llegaba con mis amigos o solo, pero siempre te buscaba, poco a poco comencé a preguntar por ti, nadie te conocía, perdí la fe de volverte a ver. Ese día, el día que te conocí, ni tu nombre supe.
Después te encontré por la calle, justo afuera de esa cafetería, te abordé, me regresó la vida cuando te vi, tu no te acordabas de mi, tuve que darte muchos datos para que supieras quien era yo, me aceptaste un café “Al fin de cuentas iba a comprar uno para comenzar el día” me dijiste.
No se si fue un año lo que estuvo tu tarjeta adornando mi buró, dejé de llevar la cuenta, se convirtió en una costumbre despertar y sentarme en la cama, encender el radio y leer tu tarjeta, la memoricé, no solo tus datos, no, todo, cada línea, cada curva de la tipografía, cada fibra del papel, si supiera dibujar la habría reproducido a la perfección de memoria, pero nunca te llamé.

-Al final de cuenta iba a comprar una para terminar el día- Dije viéndote de reojo, te llevaste las manos a la cara, en señal de desesperación, pero solo jugabas, tu sonrisa no se borraba de la cara.
Estaba sentado en las escalinatas de la librería, no se porqué lo hice, salí y me apeteció sentarme justo ahí a abrir el libro que acaba de comprar, Tríptico de Mar y Tierra de Álvaro Mutis. Era una tarde tranquila, no tenía nada que hacer. Me senté ahí a hojear el libro. Sentí que alguien se me aproximaba pero no levanté la vista, ni siquiera cuando te sentaste junto a mi.
-¿Qué no era que no dejarías pasar otro año?
-¿Ya un año?-Pregunté sin despegar la vista, que ya no leía, del libro.
-Maso, no lo sé, tu eres el que lleva las cuentas.
Cerré el libro, con calma, abrí la mochila y lo metí en ella, cerré la mochila, suspiré y vi el cielo, un cielo de ciudad, ni oscuro ni claro, ni nubes ni estrellas, aspiré hondo y cerré los ojos por unos segundos, te sentía a mi lado, me quemaba tu mirada en mi mejilla, con los ojos cerrados aún volteé mi cara hacía ti, abrí mis ojos y elevé mis manos, tomé tu cara, me acerqué a ti y te di un beso.
-Vamos, te invito una cerveza.- Dijiste con los ojos cerrados aún.

Francisco Juarez
Bitácora de viaje – Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.

sábado, 22 de octubre de 2011

¿Quien habla?

Vibró contra el muslo izquierdo, el de la dolencia, mientras conducía de regreso a casa. Ignorarlo no era opción, como no lo ha sido desde inicio. Al oprimir el botón de llamada, la voz le llegó con sorprendente claridad, a pesar del tráfico y la radio zumbando con medallas y gasolinazos, los golazos al presupuesto de uno y ninguno para el tricolor nacional que hace el ridículo de siempre. El hastío de todo eso se le nota cuando responde ¿cómo? y la voz le repite que no has venido a tiempo. Por un momento no sabe que pensar. Las luces traseras de otro vehículo se le atraviesan de izquierda a derecha en el parabrisas. Frena un poco, aferrando el volante con la mano izquierda, la del lado de las respuestas. ¿No he ido a tiempo?, repite preguntando, sin saber qué más decir, dejando que la voz continúe, sin inmutarse, desde el fondo de la oreja derecha. Siempre creí que estarías conmigo, sin importar cuando o en donde, y ya ves, no fue así. ¿Quién habla? pregunta él. Te quise desde el principio, y pensé que quizá contigo las cosas podrían ser diferentes, ja ja, que ilusa. Siempre me pasa. Siempre. Descarta la posibilidad de una broma. Esa voz está convencida de lo que dice, aunque no tenga idea de quien se trate, y sin embargo, duda. Repasa su historia de los últimos años, solo para descartar lo que ya era improbable. Ahora sabe que se han equivocado de número, y trata de hacerlo notar, pero la voz continua, como si estuviera hablando desde su lado de la cama, o desde  encima de él, después del amor físico que tanto han disfrutado. Desde abajo no, porque desde ahí, nunca hablan así. No pueden. Me prometiste todo y sin embargo yo no esperaba nada. Te pedí que callaras y tú nunca entendiste que a veces prometer no es necesario. Te acepté plenamente y hoy que debías llegar no has llegado y hoy que deberías de estar no has estado. Y encima parece que no me conoces. Pero no la conozco, piensa, preguntándose cómo se verá alguien con esa voz, quizá de veinte, quizá de treinta, pero no, mejor veintitantos pero con experiencia, eso se nota. Y cuanto amor, o infatuación. Se ha equivocado de número, responde, por fin aliviado del desconcierto. Yo soy fulano de tal y tengo que colgar porque voy manejando. Que frase para terminar una conversación. Que frase para ser la última que uno diga porque la rabia que despierta en el otro lado le impide colgar y escucha asombrado los insultos inimaginables que no encajan ni en ese ni en ningún otro lado ni momento, y mientras la voz se convierte en bramido, vociferando su nombre completo entre maldiciones sobre su estirpe y los insultos acaban en gruñidos que le repugnan al oído, no advierte su deslizarse sobre el carril contrario, por mirar la carátula que le muestra un nombre ya olvidado y que no tendría nada que hacer ahí, en sus registros de hombre casado, con mujer que le espera a la cena y los hijos que recién empiezan a no quedarse dormidos, y siente la vibración obscena del aparato que por fin suelta y se desprende, y su mano derecha vuela hacia el volante, para corregir la desviación que parece no ser mucha, pero a los 20 centímetros de plataforma del camión carguero le es suficiente para impactarse en su lado izquierdo, aliviando parte de las 20 toneladas  que viajan a 100 kilómetros por hora, o 1,666.666 metros por minuto o los 2.7 metros por la décima de segundo en que se vio lanzado hacia adentro del carguero y luego hacia afuera con una violencia tal que les llevó cuatro horas a los bomberos desprenderlo parte por parte de su auto, incrustado entre los soportes de concreto con que se modernizó esa carretera y sus pasos a desnivel. A cierta distancia de ahí, entre la hierba que crece rala a la orilla desprotegida del camino, vibra y vibra el aparato con la carátula encendida que llama a quien conteste o pueda contestar, esta vez ya más seguro porque la llamada viene de casa.

domingo, 9 de octubre de 2011

Partiendo

Entre las ramas se quebraba el blanco plomizo del cielo a punto de llover. Ella estaba en alguna otra parte. La brisa finalmente fresca aliviaba el calor exhasperante, pasandole dedos por el cabello. Ella seguramente estaba en algún otro lado. Sentía la superficie irregular del suelo pedrogoso, cubierto de trozos de yerba que no llegaban a pasto y sabía que ella sentiría lo mismo, casi como si estuviera a su lado. ¿Cómo es que uno no entiende nunca?. Los perros de los vecinos haraganean por ahí, buscándose con hostilidad. Pronto se pondrán frenéticos. Ella se le aparece con cierto gesto irrepetible, pero son las palabras, que no corresponden al cuadro de la memoria, las que le estremecen: ....cuales son las palabras?. Sonrie al darse cuenta de cuan poco importan ahora. Es la rabia la que se impone; el agravio el que le envuelve; y la soledad absoluta, total, como si de morirse se tratase. Respira en contraparte. Cierto airecillo se mueve en diagonal fuera del sitio para entrar en el área de luz y de cierto olor a orina y excremento que abunda en los parques de la ciudad.  Pasan dos caminando, tres correteandose, más de cinco en fila india, siguiendose en la rutina. Pasan todos despiertos sin reparar en el cuerpo dormido, desmembrado, cubierto por la maleza. Ella no lo sabe y se dedica a lo que sea que se dedique cuando no la mira, no la tiene cerca, ni la piensa lo suficiente. Los ojos llenos de hormigas se le han secado desde hace mucho, con las retinas cerradas a la historia, mirando dentro de la imagen de nunca jamás. Se aleja despacio, sin disimular el pesar que le agobia. Ella se queda atrás, ya dejándolo, alejándolo, cercándolo con el recuerdo que perdurará para siempre.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Las medias almas

En su simulado actuar progresista, los legisladores del país redefinieron legalmente, (ya que en cualquier otro ámbito tendrían verdaderas dificultades dada su naturaleza bárbara y su reducida ocurrencia sináptica) lo que debe contarse ya como individuo, extendiendo el concepto de persona hasta el óvulo fecundado. Diáconos y feligreses festejaron con eucarístías lo que ellos consideraban la elevación constitucional de un precepto religioso, mientras los reaccionarios clamaban victoria contra las libertinas libertades civiles, que tanto estorban al estado laico totalitario. El resto del pueblo no sabía a ciencia cierta lo que se trataba de discernir, pero obligado y acostumbrado a obedecer, se limitó como siempre a observar, descubriendo que en ello se le ha ido la vida, la que ahora supuestamente se trataba de defender. Jose Michael Pech, con su acostumbrada desfachatez y desde su tribuna inaccesible, dictaminó, con más celeridad que la Suprema Corte, que el precepto debía ir aún más allá, e incluso proteger, con inspiración divina y teorema biológico, las medias almas que necesariamente residen en cada óvulo y cada espermatozoide, aún considerando la cantidad exorbitante de estos últimos. "Será - decía, incólume  hasta entonces- misión máxima del Estado laico y democrático proteger no sólo la vida y el bienestar de todos y todas los mexicanos y mexicanas, sino que, además, la de aquellos que no lo son legalmente todavía, sea por circunstancia, negación o aborticidio, y considerando el principio de vida contenida en esperma y menstruación, también a esas medias almas que hubieren sido, pudiesen ser, y acaso ocurran, respetando esa preexistencia que significa la mitad del alma en espera de su otra mitad, sin importar que su destino pueda malograrse antes de llegar a unirse, sea por causa fortuita,  uso de condón, cuenta de los días, intervención química o simple derrama externa, convirtiendo cualquiera de estas causas  de impedimento a la concepción, bajo el principio de Actiones non natae non praescribunt en conductas  merecedoras de acción penal, por su obvia consecuencia de privar de la preexistencia intrínseca que cada media alma merece, y teniendo que responder el sujeto infractor por sus actos u omisiones ocurridos en un estado de Animus necandi, la obligación de compensar y desagraviar a la sociedad por las posibilidades infinitas de las que se ha visto privada por el acto individual, personal  e inaceptable, de pretender decidir sobre el  uso o desperdicio de la materia primigenia de la vida". 
Lo anterior , que pretendía ser una bufonada, fue aprobado unánimemente por cámaras, clanes, diócesis y ejecutivos, y entró en vigor con toda la fuerza del Estado, es decir, a macanazos y desapariciones, para escarnio de Jose Michael Pech, a quien se le quitó la mala maña de hacerse el gracioso y quien terminó convirtiéndose en una de las primeras víctimas de tan justa y vanguardista norma,  dado su onanismo irreductible. Tan retrógrada legislación fue aplicada con estricto entusiasmo contra los comunes, (ya que las clases altas seguían con los aquelarres de siempre), con la única salvedad de una pequeña posibilidad de perdón  penitente necesariamente otorgado por una persona proba designada para el caso y para quien el acto de arrepentimiento y redención del acusado debería ser evidente y suficiente.
Desde entonces las mujeres lloran cabalmente cada mes esas medias almas perdidas entre su sangre,  sumando los actos de penitencia a los malestares ya conocidos, mientras murmuran el nombre que le hubieran puesto  de haber concebido, hilando cada una de ellas una larga lista de nombres en los que abundan los femeninos. y con los que se entretienen en las noches de fuego vivo.  En tanto los hombres evitan el toqueteo infame, y cuando por causa natural del cuerpo ímprobo amanecen descargados, muestran las evidencias del suceso ante los ojos y narices de los justos, cumpliendo cabalmente los actos de contrición a los que se han hecho merecedores. Algunos imbéciles han intentado el truco de hilar los nombres que practican las mujeres, pero mientras estas sólo tienen que pensar en uno por mes, aquellos se las ven negras para anotar unos cuantos cientos, mientras dejan en el anonimato a millones. Ahora los condones lucen leyendas impresas en latex que sólo pueden leerse una vez extendidos  y que rezan algo así como "aquí yacen los incontables" o "somos la tribu de ...." y una linea para que el malhado ponga su nombre, si se atreve a tanto. Los productos femeninos, siempre en la vanguardia, son mas delicados en su homenaje a los caídos, luciendo moños luctuosos a juego con las alitas de soporte, o lineas transversales que invitan a la abstención y al recogimiento, sin albur ninguno. La colección de evidencias, una vez puesta en conjunto, pone a prueba el epíteto de racionales que algunos, con humor sardónico, nos han endilgado como un Argumentum ad homínem.

martes, 30 de agosto de 2011

Es que alguna vez te has ido

El día que la mataron lo tenía prensado el pensamiento de que quizá podrían tomarse el riesgo de viajar solos por primera vez en décadas, quizá en un crucero, quizá en un maratón de manejo que les llevara de pueblo en pueblo hasta un amanecer de montaña, o de llano, como los que Juan Rulfo quizá algún día describió. Le tenía apresado el ansia de resarcir el daño, grave o mínimo, que había causado. Ella estaba tranquila, con la mirada de ensueño que le prendía el alma de calores infinitos, que tanto le gustaba a él. Mientras se movían en la prisa de salir a tiempo ya a destiempo, le sonreía intermitentemente, asegurandole, sin decirle, que todo había pasado. Cuando supo del tiroteo y le avisaron que ella había sido una de las víctimas, sintió horrorizado que el mundo se equivocaba como se equivocaba siempre, que la víctima era él y que a ella pocas cosas podían pasarle, como pocas buenas había propiciado él que le pasaran, siendo así imposible que otro incidente de esos tan comunes de balacera entre rufianes y criminales le alcanzara a ella, que tan poco tenía que ver con eso o con cualquier otra cosa vulgar como las que pasan todos los días. Ella no se andaba con esas vainas, que va. Ella se cuidaba hasta de lo que comía, no teniendo para spa ni afeites ni cirugía, recursos de algunas otras que se decían sus amigas, las que creen que son lo especial de la vida y no tienen ni idea de lo que ser especial se trata. Así que ¿cómo creer lo que dicen? no quiere ir a donde le llevan pero le llevan igual, y cierra los ojos cansados de ver tanto blanco y desinfectante y de oler, sí, los ojos, de oler eso que se lleva la vida de uno, nomás entrar, y bajar y moverse entre escalofríos hasta verla ahí, con la mitad de la cara azul y la otra mitad desaparecida. Con un perfil ahora muy querido casi perfecto desde un lado y grotescamente molido desde el otro. No es ella, dijo, tan claramente como pudo sin ser suficiente para ser inteligible, porque los otros repiten como estúpidos ¿cómo? disculpe, ¿cómo dice? y él repitiendo que no es ella, que cómo iba a ser si ella no se andaba con esas vainas, nomás no se andaba con eso. Si la conocieran, repetía, no creerían tal cosa. Eso que está ahi, lo siento, lo siento mucho, pobres los de su familia, llorarán como nunca han llorado, y más por verla así, pobrecilla. Pero ¡que no es, carajo! y lo subieron a un escritorio y le mostraron las fotos y la licencia de conducir, las credenciales viejas de los hijos que son los de ellos, las que le gustaba mirar para que no se le fueran creciendo y se le fueran viviendo y se le fueran, en fin, por ahí para otro lado. Y cuando miró lo que quedaba de la gargantilla de oro con el dije que él gustaba de besar resguardado entre sus senos, le extrañaron los ruidos que le salian de la boca, de los ojos, que le tapaban los oídos y enrojecían las caras de los que miraban y fruncían el ceño, con cierta pena ajena, hasta que supo que iba a gritar y después no supo lo que gritaba, pero era algo de ella, de cómo carajos había permitido que eso le sucediera a ella, precisamente a ella, que nunca se andaba con esas vainas. Y precisamente ahora, cuando se había dado cuenta de que nada era igual sin ella ni nada era como estar con ella. Y sin saber nada se pasó igual hasta el funeral, con un sol de media tarde encegueciendo la tierra, sin nada de lluvia, nada de cielo llorando ni esas cosas, solo los hijos y la misma pregunta y las caras de otros que parecía reconocer, lamentándose de algo que le pertenecia sólo a él, pero no, tambien a ellos, y fue en ese momento que la vio entre la muchedumbre curiosa, y vio el movimiento repentino con el que se le escondió detrás de la cabeza cuadrada de un tipo con uniforme. Se acordó de Onetti, pero no se acordó de qué. Se movió hacia ella, pero algún bien intencionado le retuvo, pensando estúpidamente que haría algo estúpido. Cuando logró zafarse, sólo encontró caras y cabezas reclinadas o mirándole con morbo y empalagosa compasión. Y con eso se quedó hasta que algunos meses después volvió a vislumbrarla, corriendo para alcanzar un colectivo, algo que no habia tomado en años. Corrió igualmente detrás, llamandole, intuyendo que no reconocería ser ella. La sintió revolverse dentro, en su corazón fatigado por la carrera, mientras ella volteaba un instante, sin frenar la huida, y se subía con agilidad inusual para sus cuarenta y tres años, sonriendo sin reconocerle. Él no pudo llegar antes de que arrancase el vehículo y se quedó llamandole a todo pulmón, con la gente vaciandole la miseria excretada por tanta miseria. Se dijo que era cosa de quererla ver, nada más, y así la encontró otras veces, siempre en lugares distintos e incluso excepcionalmente ajenos a lo que ella había sido. Esquiva sin falla, le eludió en cada uno de esos desencuentros fugaces, de esos atisbos de la eternidad. La única forma en que supo atraparla fue contratándola, y con sabores distintos y olores distintos, la fue visitando en cada sitio en el que jugaba a la aparecida, con nombres diversos pero siempre ella misma, siempre la que sabía que él, ahora, no la engañaría nunca más.

jueves, 11 de agosto de 2011

La ecuación de Dios

Juan Palomera González, primo hermano de Julio el hermoso, dotado este último de una fealdad extrema y corazón de oro, se pitorreaba del profesor de matemáticas del 3er curso de secundaria, quien desde el fondo de sus lentes iconoclastas de ateo convencido, afirmaba que era posible probar la existencia de Dios matemáticamente, lo cual lo colocaría del lado del conocimiento puro que no de la religión ni la fe. No sabía cómo, reconocía sin ambages, pero sabía lo suficiente para predecir que alguien lo lograría. Eso era motivo de burla de Juan Palomera, alias el “biguanalachair” quien no soportaba la inteligencia en ninguna de sus formas y sólo aceptaba superior jerarquía de quien mejor se expresase en el espanglish horroroso que se practica entre ciertos quienes y algunos asegunes. El profesor nunca supo que en cierta página de Los mitos de Cthulhu, H.P. Lovecraft, entre el juego semántico y los sofismas sobre cierto misterio de umbrales y seres primigenios, lo había mencionado casi un siglo antes de que el profesor expresase su convencimiento de la naturaleza matemática de Dios. Se dice que Lovecraft, quien por supuesto nunca conoció al profesor, conocía por estudio a Pitágoras de Samos, interesado particularmente en el periodo esotérico de este último, abrevado por las fuentes fenicias de arcaico conocimiento y sus viajes a Babilonia y Egipto. De ahí que Howard Philip haya exhibido con tanta frecuencia al árabe loco, que en cierto sentido, era el precursor del profesor mencionado aunque desconocido totalmente por él. En un instante cualquiera, como ocurre con todos los principios, confirmando a Kurt Gödel y su teorema de la imcompletitud de que en cualquier sistema existe por lo menos una fórmula que aun siendo verdadera no podrá ser jamás demostrada, Julio el hermoso concibió la ecuación que probaba la existencia de Dios, en una imagen reveladora en la profundidad de su mente, sin saber cómo y sin intención, tal cual lo había predicho su profesor, (aunque quizá pensando que eso tardaría unos miles de años) pero no habiendo cursado sino una licenciatura en administración en una de las universidades sin registro formal del país, Julio desconocía el lenguaje matemático y los símbolos para expresar dicha ecuación. En su desesperación, intentó plasmar con dibujos la claridad preeminente de esa afirmación absoluta, pero lo que resultó pareció ser obsceno a todo aquel con quien trató de explicarse. Julio el hermoso fue tachado de ignorante, mentiroso, irreverente y comunista, sobre todo por Juan Palomera, quien nunca dejó de ser el biguanalachair y se la pasaba rompiendo cabezas como policía local. Agobiado y vilipendiado, a Julio sólo le quedó espacio para la soledad visitando a su antiguo maestro, quien tenía algunos años yaciendo bajo una losa que en el frente decía: “tuvo muchos alumnos y ninguno” lo que provocó que Julio el hermoso, quien había ya olvidado la sublime ecuación que probaba la existencia de Dios, se quedara pensando en el sentido de ese epitafio sin que pudiese dilucidarlo, no sabiendo que era resultado del fastidio de la mujer del maestro, a quien le pareció demasiado caro el cobro que hacía, y por cada letra, el lapidario.

Los que miran desde adentro

Combinando los nombres inefables de Dios se dice que algún mago o sacerdote pudo alguna vez crear remedos de hombres y de animales a los que quizá les pusieron nombres y les adoptaron como legítimos, siendo seres que nada tendrían que hacer en este mundo. Pero al no haber cabida en otro universo para las creaciones de los humanos, sus creadores tuvieron que esconderlos de nosotros, los comunes, en el lugar más recóndito e ignoto: el nido del alma. Lo que perdura, después de centurias de magia y conocimiento, es el umbral que separa lo fantástico de lo horrendo, que algunos se cuidan muy bien de traspasar. Pero siendo el modo de percibir ambos un tanto grotesco para la gran mayoría, es la palabra la que nos muestra con palidez extrema lo que se adivina del otro lado. Y así entonces los mitos, los cuentos, las leyendas y las alegorías nos mueven al escepticismo o a la superstición mientras desde uno u otra queremos convencernos que no hay otra cosa aparte de lo que somos. Ciertamente, no vemos el miedo atroz que despertamos en quienes nos residen dentro.

martes, 9 de agosto de 2011

El león

Borges y Bioy Cázares, lectores ávidos y de inteligencia suprema, nos introducen en una de sus antologías a El Panchatantra, fabulario en prosa y verso del siglo II A.C., con el relato de los cuatro brahmanes que regresan a la vida a un león de cuyos huesos debieron compadecerse, mientras recorrían mundo. Siendo el orgullo del conocimiento lo que mueve a tres de ellos, desoyen al cuarto brahmán, dotado sólo de sentido común y menospreciado por menos sabio, quien les advierte del riesgo de reengendrar a un león. Los otros, soberbios en su sapiencia, no objetan que el más cuerdo se suba a un árbol, mientras realizan el milagro de dotar de huesos, carne, sangre y piel al animal. Al insuflarle la vida, la fiera se vuelve contra ellos y los devora, quizá uno por uno, quizá en furiosa carnicería. El cuarto brahmán debió congratularse de su sabiduría, común y llana, que le salvó la vida. Pero el león reencarnado por obra de los hombres, que no de la naturaleza, sigue suelto en el mundo y el brahmán no ha podido bajar del árbol para deshacer el entuerto y tiene siglos observando cómo la humanidad cae presa del depredador. Vishnú Sharma, el escritor a quien se atribuye la autoría del fabulario, puede alegar que ello ya no es responsabilidad suya, pero el mero hecho de tener a Borges y Bioy Cázares metidos en el ajo hace sospechosa su declaración. Aun así, algunos dirán que el león no existe, pero yo he escuchado su gruñido no hace mucho. En realidad, hace un instante.

De cómo los sueños

En el inicio del habla, un hombre soñó con tener a alguien que realizara el trabajo por él y en el afán de darle vida a ese sueño, se hizo poderoso y sojuzgó a otros para darles el nombre de esclavos y vivir a sus anchas sorbiendo el aire de plácemes que destila del sufrimiento inaudible de los sometidos. Otro hombre soñó con tener a alguien que luchara por él y se hizo rico y pagó con creces a los mercenarios que gustosos degollaban a amigos y enemigos para acrecentar la fama y dominio de su contratante. Un tercero ansiaba tener quien le administrara y llevara registro de su vida y pronto le rodearon serviles escribas y consejeros que le diseñaron un complejo sistema de escasez en el que cada cosa tenía un valor supremo. Así, los sueños de los tres hombres encontraron un sitio en la realidad de las cosas, para las cuales no habría objeción dada la intemporalidad de las mismas y el perecedero efecto que ello tendría sobre el destino. El resto de los hombres creyó que esos sueños no eran tales, sino vaticinios y designios altísimos a los que sólo correspondía obedecer, lo cual hicieron hasta que el actuar de unos empezó a cruzarse con el de los otros y pronto había esclavos muertos a puñaladas, sicarios empecinados en extraer alimento de la tierra sin saber cómo y escribas vilipendiando a soldados y siervos, incapaces de una acción fatal. El sueño de los tres hombres comenzó a desmoronarse y tuvieron que hacer lo que tanto habían evitado. El látigo de uno puso a trabajar a los reticentes, la espada del otro acabó de tajo con la alharaca de los revoltosos y la elocuencia del último acabó con el desconcierto y la inconformidad de todo el mundo. La humanidad pareció regresar a su sitio, pero los hombres habían probado que podían hacer otra cosa. Al amanecer del primer año del último ciclo de esos sueños insertos en la realidad, como las cosas habían supuesto, los hombres hicieron que los tres hombres dejaran de serlo y los convirtieron en deidades, adorándolos en todas sus formas, indistintos o convertidos en uno solo, elevados por encima de todos y de todo, sometidos ahora a la voluntad de sus fieles. Lo que hubieran alguna vez soñado no tenía la menor importancia. Ahora sus sueños eran de otros y sus cuerpos desaparecían lentamente, ahogados por la continua letanía que sobre ellos posaron. Ahora los esclavos explicaban su agonía, los mercenarios justificaban su crueldad y los escribas estafaban a unos y otros aludiendo a un divino mandato. Los esqueletos de los tres hombres tienen eras haciéndose polvo. Y no sueñan más.

viernes, 1 de julio de 2011

La biblioteca de Dios

El recinto es inmenso, con la inmensidad del término en su cabal significancia. Sin muros, sin estantes, sin letreros de silencio, se perciben sus límites por la sensación de estar dentro, únicamente. Los libros no existen, o al menos no en el sentido en que los conocemos. Existen sus lecturas, y con ellas, las partes que innumerables lectores han dejado tras de sí. Cada libro es el compendio de las ideas, imágenes, sensaciones, sentimientos y reacciones de sus lectores. Las elucubraciones y los razonamientos producto de la escritura se guardan aparte, debido a la peligrosidad infecciosa de muchos de ellos. La función principal de la bibliteca es la de mostrar los efectos de la imaginación febril de ciertas mentes, salidas de los umbrales de lo mortal y cuya contención es vital para lo inmortal, que no vive sin ellas pero no persiste si se les deja invadir los ámbitos de lo ignoto a tontas y a locas, como comunmente hacemos, con esa primicia de la prueba y error y de atreverse a cualquier teoría. La biblioteca tiene todos los siglos de palabras, nociones, abstracciones, pensamientos, regresiones por los que ha pasado la mente colectiva. Ha perdido los nombres, porque todos piensan en primera persona y no hay pensamientos que inicien con un testimonio de Yo, fulano de tal..... por lo que esta interminable (más correcto que infinita) zona de lecturas no tiene referencias individuales ni clasificaciones elaboradas que tan bien les funcionan a las bibliotecas mortales. Este anonimato masivo, como debe sonar el pensamiento humano a los oídos de Dios, sirve para eliminar búsquedas, selecciones o restricciones. Todos pueden acceder a las lecturas que quieran y lo único que no está permitido es dejar ninguna para despúes. La biblioteca es ciertamente interminable, pero el tiempo de las lecturas no lo es. Cuando el tiempo se agote, antes de que vuelva a iniciar, la versión única y final del todo se develará y la verdad será dicha, que no escrita, abatiendo para siempre el libre albedrío. Inevitablemente entonces, la biblioteca se convertirá en un museo y todo lo que está ahí dentro se convertirá en la imagen de lo que fue. Nadie lo sabrá nunca, pero el bibliotecario, ya para entonces, se habrá desvanecido entre los pliegues de otra realidad.

lunes, 30 de mayo de 2011

Arrebatandole el sueño

la tomó de la mano y con cuidado, la condujo hasta el umbral desde donde se recortaba un amanecer memorable. Eran las horas del sueño a medias despierto y su aliento se adivinaba suavemente conocido. Intentó sonreir, sin parecer cínico, pero no lo logró del todo. Ella bajó la mirada, con la esperanza reducida a casi nada, ilusionada a pesar suyo. Le contó los dedos con el tacto. Le sintió la dureza de la piel en ciertos lugares y lo corto de las uñas, seguramente sin pintar. la tristeza se desenvolvió a sus anchas entre los dos, diría que casi sonriente. Él se revolvió en la cama, intentando regresar a la parte anterior, donde la respiraba grabando el recuerdo. La mañana adelantaba el seno de ninfa con su pezón resplandeciente asomandose sobre la montaña y la alineación del sol con su ventana le despertó del todo. Ella levantó la cabeza desde la ropa que preparaba, reconocida en el viento fresco que penetró por su nuca desde la puerta del patio. Él pensó en ella, con cierta necesidad nostálgica. Ella pensó en él, doliendole adentro. La carga de obligación les perdió en la rutina. Se saludaron cortésmente cuando coincidieron en el pasillo que une los cuartos. Él sintió la posibilidad de tomarla, y a punto de hacerlo, ella le miró, cuestionando. Siguieron adelante, cada quien por su lado, terriblemente decepcionados uno del otro. ¿Dirías - dijo él, mientras ella se detenía, colgando los hombros desde esa voz- que esto es vida?. Con pesadumbre, sin voltear, ella musitó un no quedito y se perdió en la penumbra.