Vibró contra el muslo izquierdo, el de la dolencia, mientras conducía de regreso a casa. Ignorarlo no era opción, como no lo ha sido desde inicio. Al oprimir el botón de llamada, la voz le llegó con sorprendente claridad, a pesar del tráfico y la radio zumbando con medallas y gasolinazos, los golazos al presupuesto de uno y ninguno para el tricolor nacional que hace el ridículo de siempre. El hastío de todo eso se le nota cuando responde ¿cómo? y la voz le repite que no has venido a tiempo. Por un momento no sabe que pensar. Las luces traseras de otro vehículo se le atraviesan de izquierda a derecha en el parabrisas. Frena un poco, aferrando el volante con la mano izquierda, la del lado de las respuestas. ¿No he ido a tiempo?, repite preguntando, sin saber qué más decir, dejando que la voz continúe, sin inmutarse, desde el fondo de la oreja derecha. Siempre creí que estarías conmigo, sin importar cuando o en donde, y ya ves, no fue así. ¿Quién habla? pregunta él. Te quise desde el principio, y pensé que quizá contigo las cosas podrían ser diferentes, ja ja, que ilusa. Siempre me pasa. Siempre. Descarta la posibilidad de una broma. Esa voz está convencida de lo que dice, aunque no tenga idea de quien se trate, y sin embargo, duda. Repasa su historia de los últimos años, solo para descartar lo que ya era improbable. Ahora sabe que se han equivocado de número, y trata de hacerlo notar, pero la voz continua, como si estuviera hablando desde su lado de la cama, o desde encima de él, después del amor físico que tanto han disfrutado. Desde abajo no, porque desde ahí, nunca hablan así. No pueden. Me prometiste todo y sin embargo yo no esperaba nada. Te pedí que callaras y tú nunca entendiste que a veces prometer no es necesario. Te acepté plenamente y hoy que debías llegar no has llegado y hoy que deberías de estar no has estado. Y encima parece que no me conoces. Pero no la conozco, piensa, preguntándose cómo se verá alguien con esa voz, quizá de veinte, quizá de treinta, pero no, mejor veintitantos pero con experiencia, eso se nota. Y cuanto amor, o infatuación. Se ha equivocado de número, responde, por fin aliviado del desconcierto. Yo soy fulano de tal y tengo que colgar porque voy manejando. Que frase para terminar una conversación. Que frase para ser la última que uno diga porque la rabia que despierta en el otro lado le impide colgar y escucha asombrado los insultos inimaginables que no encajan ni en ese ni en ningún otro lado ni momento, y mientras la voz se convierte en bramido, vociferando su nombre completo entre maldiciones sobre su estirpe y los insultos acaban en gruñidos que le repugnan al oído, no advierte su deslizarse sobre el carril contrario, por mirar la carátula que le muestra un nombre ya olvidado y que no tendría nada que hacer ahí, en sus registros de hombre casado, con mujer que le espera a la cena y los hijos que recién empiezan a no quedarse dormidos, y siente la vibración obscena del aparato que por fin suelta y se desprende, y su mano derecha vuela hacia el volante, para corregir la desviación que parece no ser mucha, pero a los 20 centímetros de plataforma del camión carguero le es suficiente para impactarse en su lado izquierdo, aliviando parte de las 20 toneladas que viajan a 100 kilómetros por hora, o 1,666.666 metros por minuto o los 2.7 metros por la décima de segundo en que se vio lanzado hacia adentro del carguero y luego hacia afuera con una violencia tal que les llevó cuatro horas a los bomberos desprenderlo parte por parte de su auto, incrustado entre los soportes de concreto con que se modernizó esa carretera y sus pasos a desnivel. A cierta distancia de ahí, entre la hierba que crece rala a la orilla desprotegida del camino, vibra y vibra el aparato con la carátula encendida que llama a quien conteste o pueda contestar, esta vez ya más seguro porque la llamada viene de casa.
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