viernes, 11 de noviembre de 2011

Cielo de Ciudad

“Espero que no tenga que pasar otro año entero para volver a encontrarte” con esas palabras me despedí de ti aquella segunda vez. Si. Había pasado un año desde que te conocí y me dejaste con un cuba libre en la mano derecha, un cigarro a punto de terminarse en la izquierda, mal sentado en la silla de aquella cantina, el plato con rancheritos casi completo, con la cuenta, aquella borrachera, una erección padre entre las piernas y un charco de orina en el piso.
Yo no quería beber ese día, lo juro. No podía beber, mi turno comenzaba a las once de la noche, te encontré a las ocho, solo entré a buscar mi mochila que había dejado la noche anterior en esa cantina, pero ahí estabas, sentada en la barra, aburrida, absorta haciendo figuras en el agua que tu cerveza sudaba sobre la vieja y sucia madera de la barra, el mundo giraba, nosotros con él y tu lo ignorabas, no te importaba. El mundo era tuyo y giraba a tu ritmo, o no giraba, o si lo hacía no lo sentías o peor aún, no le prestabas atención.
Mi mochila apareció en cuanto llegué, Braulio el mesero me reconoció en el acto, como no, ese lugar era mi segundo hogar. Pero estabas ahí, sola en la barra, sin esperar a nadie, sin importarte nadie. Me senté junto a ti, te saludé, me miraste y regresaste a las jirafas acuosas que dibujabas, pedí el primer ron.
A la mitad del segundo ron, yo seguía hablándole a tu mano, o tal vez a tu arete, a cualquier cosa menos a ti, no me escuchabas o eso creía, ni siquiera agradecías las cervezas que te invitaba. “¿Qué tomas?” preguntaste al final del vaso. “Ron” dije escupiendo un hielo que jugaba en mi boca.
“Todas estas historias de cantina son iguales” decías ¿Qué quiere saber? Me preguntaste harta de mi.
Y es que yo lo quería saber todo.
Recuerdo que al tercer cuba libre me dijiste que me dejara de hacer pendejo, que eso ya era una peda en forma, que pidiera la botella y te emborrachara, que te hiciera el amor después, que las historias de cantina así terminaban.
“¿Tienes novio?” pregunté y quise parecer casual.
“Y a ti que te importa” y bebiste de mi vaso, me miraste con ojos duros “No me quieras hacer pendeja, si voy a coger contigo borracha tu también tienes que estarlo.”
Me llevé todas las sillas que encontré en mi camino al baño, entre caminar disimulando mi erección y controlar la borrachera el camino al mingitorio nunca fue tan largo, tan penoso.
Salí del baño y todo daba vueltas, el piso era de hule, se movía, las mesas se me atravesaban, tropecé con todos, con todo, regresé a “nuestra” mesa, ahí estabas, ahora dibujabas en una servilleta. “Soy diseñadora ¿sabes? Si, ya sé, eso te importa un pito.” Pero me importaba.
No recuerdo mucho más, de repente me vi solo, a lo lejos salías de la cantina, quise levantarme y seguirte pero no pude, estaba borracho.

-Hace un año te conocí. ¿Recuerdas?
-¿Ya hace un año?
-Si
-¿Y porqué te acuerdas?
-¿Cómo olvidarlo? Ha sido la peor peda de mi vida, recuerdo que te vi salir de la cantina y no me pude levantar, cuando me di cuenta, me había miado en los pantalones ¿por qué me dejaste?
-Pues por eso, ya estábamos muy borrachos. Casi no me acuerdo. -Hiciste una pausa y encendiste un cigarro. –Ya no me acordaba de ti.
-Yo nunca dejé de pensarte- Un silencio incómodo se hizo entre nosotros- Es neta. –Remarqué.
-¿Te vas a poner pesado?
-¿Te parezco pesado?-me hice para atrás en la silla.-Recuerdo que me dijiste que te emborrachara y te hiciera el amor.
Te sonrojaste o eso me pareció, desviaste tu mirada como buscando algo entre la gente que pasaba por la atiborrada cafetería.
-Si, lo sé, de eso si me acuerdo, es largo, no quiero hablar de eso ahora, fueron días extraños.- Miraste tu reloj-Oye, me tengo que ir, gracias por el café y gracias por acordarte de mi… -Una pausa mientras te mordías el labio y te quitabas el cabello sobre los ojos- En serio, me tengo que ir, llámame otro día ¿si?- Me diste tu tarjeta.
-Espero que no tenga que pasar otro año entero para volver a encontrarte.
No respondiste, tamborileaste tu dedo sobre tu tarjeta, en un ademán que decía, “ahí tienes mi número, pendejo” tomaste tus cosas y saliste entre la gente.

Tu tarjeta adornó mi buró por mucho tiempo, todos los días la veía y me decía, que tenía que llamarte, ese día nunca llegó, cuando pensaba en ti me sentía un “pesado”.

Tal vez no fue un año más lo que pasó, perdí la cuenta, la primera vez me comí la vergüenza de la orinada y regresé a la cantina una y otra vez, como siempre llegaba con mis amigos o solo, pero siempre te buscaba, poco a poco comencé a preguntar por ti, nadie te conocía, perdí la fe de volverte a ver. Ese día, el día que te conocí, ni tu nombre supe.
Después te encontré por la calle, justo afuera de esa cafetería, te abordé, me regresó la vida cuando te vi, tu no te acordabas de mi, tuve que darte muchos datos para que supieras quien era yo, me aceptaste un café “Al fin de cuentas iba a comprar uno para comenzar el día” me dijiste.
No se si fue un año lo que estuvo tu tarjeta adornando mi buró, dejé de llevar la cuenta, se convirtió en una costumbre despertar y sentarme en la cama, encender el radio y leer tu tarjeta, la memoricé, no solo tus datos, no, todo, cada línea, cada curva de la tipografía, cada fibra del papel, si supiera dibujar la habría reproducido a la perfección de memoria, pero nunca te llamé.

-Al final de cuenta iba a comprar una para terminar el día- Dije viéndote de reojo, te llevaste las manos a la cara, en señal de desesperación, pero solo jugabas, tu sonrisa no se borraba de la cara.
Estaba sentado en las escalinatas de la librería, no se porqué lo hice, salí y me apeteció sentarme justo ahí a abrir el libro que acaba de comprar, Tríptico de Mar y Tierra de Álvaro Mutis. Era una tarde tranquila, no tenía nada que hacer. Me senté ahí a hojear el libro. Sentí que alguien se me aproximaba pero no levanté la vista, ni siquiera cuando te sentaste junto a mi.
-¿Qué no era que no dejarías pasar otro año?
-¿Ya un año?-Pregunté sin despegar la vista, que ya no leía, del libro.
-Maso, no lo sé, tu eres el que lleva las cuentas.
Cerré el libro, con calma, abrí la mochila y lo metí en ella, cerré la mochila, suspiré y vi el cielo, un cielo de ciudad, ni oscuro ni claro, ni nubes ni estrellas, aspiré hondo y cerré los ojos por unos segundos, te sentía a mi lado, me quemaba tu mirada en mi mejilla, con los ojos cerrados aún volteé mi cara hacía ti, abrí mis ojos y elevé mis manos, tomé tu cara, me acerqué a ti y te di un beso.
-Vamos, te invito una cerveza.- Dijiste con los ojos cerrados aún.

Francisco Juarez
Bitácora de viaje – Algebra redundante o pequeñas nociones de mi.

No hay comentarios:

Publicar un comentario