sábado, 11 de diciembre de 2010

El muerto, loteria

Nada venía desde esa dirección: ni hombre ni animal. El aire se le ensopaba en el cuello, haciendo inútil la amplitud de sus fosas nasales, lastradas por la aspiración irredimible del estupefaciente. Corrían los gritos rebotando entre autos y lámparas de alógeno, como cardos repateados por el viento, arengándole con la fuerza del pánico a continuar la huida. En cuclillas, atisbando en ambas direcciones, esperaba algo que sucediera ya mismo, para detener el cabalgar de la muerte lista a descerrajarle un cuerno de chivo. Las detonaciones se sucedían en hileras interminables de tronidos, pareciendo un solo retumbar de cohetes o de palomas, o de esos que los gringos llaman crackers. Y ese maldito crack que no contaba ni debió contar dentro del cargamento. “Pinche Felipe”- rechinó, casi llorando- “Hijo de ¡¡BAM!! tronó el ladrillo arriba de su cabeza, arrojándole sobre sus propios sollozos y la basura que anidaba en la esquina. “Me vieron, con una chingada, me vieron” y se rueda como en las películas hasta caer de la acera, reptando abajo de un coche intacto como quedan pocos en esa calle. Ninguna sirena desentona el repique de las balas. Ninguna patrulla aparecerá hasta que todo termine. De pronto, el silencio. Luego, dos detonaciones, no muy lejos de ahí. No hay quejidos ni llanto ni gritos. El mundo es mudo por primera vez y eso le incluye el corazón y la respiración suspendida. Las llantas chirrían y los motores les anuncian la ruta. Uuuhhhh, hace su boca, sin darse cuenta. Se deja caer, flácido, sobre el suelo apestoso a aceite. Algo rebota con un sonido metálico hasta golpearle una pierna. Se contorsiona para mirarlo, semi-atrapado por el auto. El estallido ahí abajo fue ensordecedor, pero él ya no escuchó nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario