martes, 14 de diciembre de 2010

Deseo

El sonido le delató: la descubrió tendida en posición deliciosa. Parecía que regresaba de un sueño, con los suspiros descolgándose del largo contorno del cuello y la herida de la boca, siempre abierta, exhalando un aliento increíblemente suave. Ahora que la miraba, se dio cuenta de que no era la del día anterior y sin embargo, ¡se parecía tanto!. Trató de acercarse sin movimiento, con el puro deseo acaecido, para despertarla del todo. Pero moverse era necesario y eso le desalentó. Posó pues, contemplativo, la lengua cerca de su oído. El bífido aletear agitó su cabello y provocó un nuevo suspiro. Le indujo su nombre y ella acarició con sensualidad una cierta parte del cuerpo. ¡Cómo costaba dejarla! ¿Acaso podría llevársela? ¡No!, ¿Cuántas esperarían en vano entonces? Agitó la cabeza y dejó que su mano resbalara sobre ella por esta última vez. La vería de nuevo, siempre en el lecho, el sitio único de encuentro. Ella abrió los ojos, y sin notarle, arrojó las ropas propias y de la cama, poniéndose en pie frente a la ventana, la cabeza echada hacia atrás y el pecho desbordante. Los grillos y las choras le advertían del peligro pero ella no escuchaba, absorta en esa sensación de fuego que remontaba del interior y se alojaba en su humedad generosa. Una sombra se extendió amenazante, cubriéndola toda. Sonaron las seis menos quince. El cuarto recuperó su penumbra, disminuyendo la oscuridad excitada. Ella se movió presurosa hacia el baño, y al accionar el interruptor, giró la mirada, recelosa. Después, tomó la rutina y se montó en el viaje de siempre, satisfecha y al mismo tiempo, deseosa.

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