martes, 28 de diciembre de 2010

Viaje

"Esnifa, anda esnifa", le dice con prisa. Da el jalón y se pierde. Cinco años después, la vida es todavía color de rosa.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Tres

Suda y vaya que lo hace copiosamente. No es para menos, el bulto que arrastra está inanimado y pesa un huevo para sus doce años de edad. Resopla, se bate contra sí mismo, lo echa al hoyo y se limpia el sudor. Tres billetes, con tres ceros cada uno, sirven de lápida.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Diletante

El amor anda siempre en un baile de máscaras. Ahí, viste aquella que acomoda al solicitante en turno. Su expresión denota profundidad, pasión, entrega. Nunca da más que eso. El rostro que se esconde detrás no ha sido visto nunca por nadie. No hay tal rostro.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Amor

Subes en espera de algo milagroso. Bajas con la cabeza gacha, la mueca de desprecio y una gota de semen escurriendo por la comisura de tu boca.

Aproximación

No me mires así, que un buen día de éstos te voy a coger.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Migración

No importa si traga saliva, siente que hay un desierto dentro de sí. Cierra los párpados y el sol quemante lastima incluso esa oscuridad. A tres pasos, la frontera. A tres más, el proyectil.

martes, 14 de diciembre de 2010

Instantánea

Calcula la luminosidad del monitor con un exposímetro digital. Enseguida abre el cajón derecho del escritorio. Ahí encuentra su colección de gafas protectoras, cada una dentro de su estuche, cada estuche rotulado con símbolos indescifrables. No duda un segundo, elige el tercero de cinco -si se ven de izquierda a derecha- en la segunda hilera -de cuatro-, lo abre, saca una armazón de pasta con diseño retro y lo coloca sobre su cara. Lo que sigue es mecánico: enfoca el monitor hasta que la imagen que destella en éste es nítida, luego abre y cierra los ojos con un sólo parpadeo bien pronunciado. "La gráfica está lista", dice mientras se quita las gafas, "ahora hay que llevarla al papel". Se levanta del asiento y camina hacia la mesa de café que hay cinco pasos más atrás. Sobre ésta descansan un taladro, un sierra quirúrgica y una cámara oscura portátil. El maestro está listo para revelar sus visiones.

Deseo

El sonido le delató: la descubrió tendida en posición deliciosa. Parecía que regresaba de un sueño, con los suspiros descolgándose del largo contorno del cuello y la herida de la boca, siempre abierta, exhalando un aliento increíblemente suave. Ahora que la miraba, se dio cuenta de que no era la del día anterior y sin embargo, ¡se parecía tanto!. Trató de acercarse sin movimiento, con el puro deseo acaecido, para despertarla del todo. Pero moverse era necesario y eso le desalentó. Posó pues, contemplativo, la lengua cerca de su oído. El bífido aletear agitó su cabello y provocó un nuevo suspiro. Le indujo su nombre y ella acarició con sensualidad una cierta parte del cuerpo. ¡Cómo costaba dejarla! ¿Acaso podría llevársela? ¡No!, ¿Cuántas esperarían en vano entonces? Agitó la cabeza y dejó que su mano resbalara sobre ella por esta última vez. La vería de nuevo, siempre en el lecho, el sitio único de encuentro. Ella abrió los ojos, y sin notarle, arrojó las ropas propias y de la cama, poniéndose en pie frente a la ventana, la cabeza echada hacia atrás y el pecho desbordante. Los grillos y las choras le advertían del peligro pero ella no escuchaba, absorta en esa sensación de fuego que remontaba del interior y se alojaba en su humedad generosa. Una sombra se extendió amenazante, cubriéndola toda. Sonaron las seis menos quince. El cuarto recuperó su penumbra, disminuyendo la oscuridad excitada. Ella se movió presurosa hacia el baño, y al accionar el interruptor, giró la mirada, recelosa. Después, tomó la rutina y se montó en el viaje de siempre, satisfecha y al mismo tiempo, deseosa.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Claroscuro

La luz se agitaba, rendida, en la pantalla. Las sombras acudieron presurosas. El beso fue trémulo; el abrazo, sin fin.

Sobredosis

Baila. Para. Baila. Baila. Baila. Para. Inhala. Baila. Baila. Baila. Baila. Baila. Inhala. Inhala. Baila. Inhala. Exhala.

Anticrimen

Es la guerra. Soñó. Entonces un zumbido le perforó el corazón.

Lectura

Ella lo mira desde un rincón de la página. Él sigue absorto la lectura. Ella ofrece su mano al protagonista. Él la toma y sueña.

sábado, 11 de diciembre de 2010

A las carreras

Corrían alrededor de la madre, una y otra vez, riendo y agitando los brazos. Corrían persiguiéndose uno a la otra sin razón ni sentido, sin saber quien perseguía a quien. La madre platicaba animosamente con la vecina, de todo, de nada importante, de lo único importante. Pasaban los autos y las horas sin contarlas. Eso era entonces. Eres feliz, mami? preguntaba, mirando las manos guardando sartenes y utensilios, deteniéndose un momento para tomarle la cara y decirle. Corrían a la escuela, persiguiendo minutos preciados para llegar antes que cerraran la puerta. No importa quien llegue primero, sino guardar el lugar y no tener falta. La falta que hizo el padre cuando la madre enfermó y su hermano se salió un día de clases, con ella corriendo atrás, para no regresar nunca al estudio. Corría después ella de la mano de ese otro hombre joven, el del aire distinto y los besos ardientes. Corrían para esconderse de todos y tocarse por todas partes, con la urgencia de lo prohibido, descubriendo con eso que nada estaba prohibido. Corrió el otro después, solo y sin su compañía, quedándose ella esperando su adiós y a un hijo que no le dejó creer en la vida. Corrió otra vez con los años para decirle a su madre quien era el que estaba en el nosocomio con una etiqueta de NN y dos agujeros en la cabeza. Y en el funeral de esa madre pensaron que estaba loca cuando corrió varias veces alrededor del cadáver, hasta que alguien la derribó de un abrazo y le inyectaron algo que la durmió por horas. Y desde entonces se detuvo. Y cuando miró jugar a su único hijo le soltó un bofetón y sacudiéndole le dijo: no corras, ¿me oyes? nunca corras.

El muerto, loteria

Nada venía desde esa dirección: ni hombre ni animal. El aire se le ensopaba en el cuello, haciendo inútil la amplitud de sus fosas nasales, lastradas por la aspiración irredimible del estupefaciente. Corrían los gritos rebotando entre autos y lámparas de alógeno, como cardos repateados por el viento, arengándole con la fuerza del pánico a continuar la huida. En cuclillas, atisbando en ambas direcciones, esperaba algo que sucediera ya mismo, para detener el cabalgar de la muerte lista a descerrajarle un cuerno de chivo. Las detonaciones se sucedían en hileras interminables de tronidos, pareciendo un solo retumbar de cohetes o de palomas, o de esos que los gringos llaman crackers. Y ese maldito crack que no contaba ni debió contar dentro del cargamento. “Pinche Felipe”- rechinó, casi llorando- “Hijo de ¡¡BAM!! tronó el ladrillo arriba de su cabeza, arrojándole sobre sus propios sollozos y la basura que anidaba en la esquina. “Me vieron, con una chingada, me vieron” y se rueda como en las películas hasta caer de la acera, reptando abajo de un coche intacto como quedan pocos en esa calle. Ninguna sirena desentona el repique de las balas. Ninguna patrulla aparecerá hasta que todo termine. De pronto, el silencio. Luego, dos detonaciones, no muy lejos de ahí. No hay quejidos ni llanto ni gritos. El mundo es mudo por primera vez y eso le incluye el corazón y la respiración suspendida. Las llantas chirrían y los motores les anuncian la ruta. Uuuhhhh, hace su boca, sin darse cuenta. Se deja caer, flácido, sobre el suelo apestoso a aceite. Algo rebota con un sonido metálico hasta golpearle una pierna. Se contorsiona para mirarlo, semi-atrapado por el auto. El estallido ahí abajo fue ensordecedor, pero él ya no escuchó nada.

Lenguaje

"¡Qué alivio poder conversar con el mundo!", pensó para sí mismo mientras cerraba la ventana de su navegador de Internet. La imagen de un pulgar levantado cintilando en la pantalla de un ordenador lejano quedó como único testimonio de su charla universal. Pulsar un clic sobre el icónico dibujito había bastado para expresar lo que antes habría requerido por lo menos media docena de palabras.

Escribir

Ella bajó la mirada hacia el centro de la vida de él”…no funciona, pensó el escritor uno, oprimiendo la tecla “delete” hasta toparse con “la mirada” de ella. Puros lugares comunes. Trató de imaginarse siendo él, mirándola mirarlo. Trató de imaginarse siendo ella, para describir esos nervios. Imposible. “Se quedó mirando la pantalla un instante” escribe el escritor dos, “y con reticencia intentó la frase de nuevo: Ella bajó la mirada hasta posarla en…no, no, no. No fluye. El escritor uno se levanta, toma la taza de café y se dirige a….” El escritor dos no se decide por un sitio: la cocina, la sala, el interior de la casa (¿acaso su personaje ha estado escribiendo a la intemperie?) “el archivo de pendientes que se acumula en el escritorio, depositando encima la taza”. El escritor dos se disciplina, se concentra y escribe: “El escritor uno había tenido ese cuento en sus sueños por demasiado tiempo. O lo escribía ahora o no lo escribiría nunca. Decidido, se sentó de nuevo ante la pantalla y escribió: “El cuarto se redujo a sombras….no…la habitación se redujo a una silueta que avanzaba hacia ella, un paso solamente y el contacto erizó su piel…..el contacto le cimbró la piel…el cuerpo…el contacto le…” Es inútil. Lo tenía, y lo había perdido. Recurrir a la propia vivencia le traía la intención pero no las palabras. ¿Qué carajos estoy haciendo? se pregunta el escritor dos. El celular vibra y se estremece sobre el escritorio. Lo mira, mientras el aparatejo gira sobre sí mismo, luego cambia de dirección. Parece vivo, piensa, un tanto divertido, el escritor dos. Parece que estuviera…..eso es!. “El escritor uno acercó hacía sí el teclado, un tanto encorvado, y “Se estremeció, con múltiples suspiros cercenándole el alma, y lo sintió cuando se convirtió en ella, profundo, hirviente, respirando a bocanadas y gimiendo palabras que no entendía, desde ya enamorada pero inmersa absolutamente en una languidez.. ” “No voy a terminar nunca, pensó el escritor uno”. No voy a terminar nunca, pensó el escritor dos. El escritor uno abandonó el teclado, escribe el escritor dos, mientras él mismo abandona el teclado, mientras yo ahora abandono el teclado.

Nostalgia

Hoy veo, palabrero, tus palabras resonar en lontananza.

viernes, 10 de diciembre de 2010

La primera piedra

Pues ahí va, la primera piedra....

Aguas

Millares de estrellas, tiempo,
no teniendo causa adelanto efectos,
sucumbir,
perdida progresiva
millones de estrellas tiempo y vejación
No podría imaginar mi vida sin ti
Presente siempre, siempre aquí
La distancia y el tiempo se han dilatado
centro del amor corazón mío
Piedra de polvo, de polvo de ausencia, de polvo de tiempo, de polvo de camino,
Miles, miles de kilómetros a través de estos años, todos,
los míos los tuyos los que no fueron nuestros, la tontería demencial de renunciar a nosotros
a sabiendas
de la catástrofe,
agua y aceite tal vez en otro tiempo,
soy agua de lluvia
tu, agua de venero, nacida pura para beberse, para abrevar en ti,
yo, venido a la tierra en salvaje caída, para dar vida, para quitarla.
No, no son diferencias, es destiempo,
algún día lo se, naceré igual que tu, agua de venero
y tu igual que yo serás lluvia, o tal vez tormenta, serás huracán.
Mientras tanto solo espero que caigamos en la misma tormenta,
que nazcamos del mismo venero, son años, los tuyos, los míos, los no nuestros.
Millares de estrellas, soledad, pensamiento, ecos, gritos.

Paco Juarez, del poemario "Ambar"

Las viejas nuevas noticias

Pues aquí estamos, cómo 12 años después, Ricardo la semana pasada nos mandó un mensaje, con la nostalgia de siempre, de no vernos, de no compartir la palabra y la letra, con el deseo de aprovechar las nuevas tecnologías para reunirnos de nuevo, dejar los trozos de nosotros entre nosotros otra vez.
Aquí se intenta eso, volver a vaciar algunas cosas y compartirlas entre amigos, como hace muchos años, solo que ésta vez no habrá unas heladas en el medio, o si, eso depende de cada quien.