lunes, 12 de noviembre de 2012

DE PLATÓNICO EL AMOR

La vio venir, buscándole con la mirada. Recordó que le había indicado esperarle en la acera de enfrente, justo al lado de un puesto de periódico con pocos periódicos y muchas revistas envueltas en bolsas de plástico y tetas al descubierto. La observó mientras ella buscaba algo en su bolso y luego se pintaba los labios con ello. La deseo desde ahí, como si una parte del cuerpo se le desprendiese por completo. Miró al mismo tiempo que ella el reflejo de su figura esbelta, su pelo corto, sus ojos perdidos. Se sintió parado justo detrás de su espalda, con las manos queriendo su cintura, sus  senos, sus hombros descubiertos recién. Formó un beso con los labios y cerró los ojos, una figura  inmóvil a 50 metros de distancia, en la esquina opuesta, rodeado por la muchedumbre en marcha, por la muerte anónima que circula siempre por las aceras. No dejó ir el beso sino que lo conservó, retrayendo los labios en una semisonrisa que los parpados cerrados hicieron aún más notoria. Se sintió estremecer en una mano, ansiando el saludo que nunca llegaría. O la caricia. Le registró los zapatos ridículos, los brazos rollizos y la edad. La amó por un instante, hasta que el camión urbano que interrumpió su visión le apagó el momento con el ruido y su gas venenoso. Paladeó todas las posibilidades de amor e infelicidad que hubiera podido tener con ella. Se despidió con un gesto de las cejas, una cálida mirada desde sus propios ojos, y un pequeño silbido que la llamaba por su nombre y se alejó en dirección cualquiera, sin notar siquiera que ella finalmente volvía su cabeza hacia su persona andante,  y mirándole las espaldas, sin conocerle, se preguntaba en silencio: “¿era este el sitio?”; “¿me habrán engañado otra vez?”.


R.A. Simental

viernes, 10 de agosto de 2012

Estrépito

Sube. Duele pero sigue subiendo. El tirón en la pierna es apenas el preludio, lo sabe, pero detener el ascenso es condenarse al olvido. Ha alcanzado la cima. Siente el viento en su cara. Es tiempo de bajar, se dice. Y baja. Baja con estrépito. Duele, pero es solo un instante y a cambio ha alcanzado la primera plana.

domingo, 22 de julio de 2012

El niño y el caracol


El niño se encontró con el caracol y creyó que aún estaba habitado. Se detuvo frente a él, dudando en tocarlo, sabiendo que el contacto vuelve susceptibles las cosas. Las olas a su izquierda llamaban a repetirse, y se repetían unas a las otras, sin lograr que nadie hiciera caso, y antes bien, se las rehuía. El caracol asomaba con la punta al cielo, rodeado de arena húmeda, completamente inmóvil. “Debe estar solo” se dijo el niño, reparando al instante en su error “debe estar vacío” se corrigió de inmediato. Los petreles y las gaviotas se disputaban los mendrugos de alimento y basura dejados por tanta gente, despertando con sus reclamos al viento que se levanta desde occidente todas las tardes y trepa insolente por las montañas, agitando la selva, el polvo, la rala existencia del trópico. El niño bajó la visera de la gorra que protegía su cabeza del sol de hacía un par de horas. Nunca había visto un caracol como aquél. Parecía extenderse por kilómetros dentro de su espiral. Sus tonalidades de rojos, blancos, magentas, amarillos  daban vueltas en las retinas. Se decidió a tomarlo cuando notó que una señora con un niño en brazos se acercaba, curiosa al verle parado ahí, con la vista fija en el suelo, y dos pequeños corrían hacia el sitio con cubetas y palas en las manos, gozosos los rostros enmascarados de arena oscura. En cuclillas, levantó el caracol con cuidado, con sucesivos y cortos movimientos, para darle oportunidad de reaccionar, si estuviese vivo. Escuchó a la señora decir a su espalda ¡qué bonito caracol!, y luego, con cierta ansia posesiva, ¿me dejas verlo?. Uno de los pequeños, parado a escasos dos centímetros de su cara, le preguntó, todavía chorreando agua: ¿es tuyo? Él no quiso responder a ninguno, porque habiendo lidiado siempre con el deseo de los demás, sabía que toda respuesta representaba un conflicto.  Se levantó con el caracol en la mano, venciendo su propio temor y algún grado de repugnancia, y sonriendo, se abrió paso entre ellos, alejándose con un andar vacilante hacia el lado contrario de la playa. Los pequeños regresaron sin más a jugar, pero la señora se quedó mirándole alejarse, sin reparar en ello, con una tristeza infinita, quizá surgida de su maternidad reciente, quizá de un presentimiento aciago. El niño iba ganando en contento, a pesar de la incomodidad impuesta por la arena entre sus dedos y el tufillo que percibía desde el caracol, sostenido a contraviento frente a su rostro para ayudarse un poco con el peso y la marcha hacia las sombrillas desde donde había venido.
A su madre no le había gustado el caracol. La desproporción de su enojo ante lo que llamaba “su manía de recoger porquerías”, más que el rechazo a su obsequio, le dejó abatido. ¿Cómo es que algunas personas desprecian lo que otras anhelan? Podría quizá algún día entender que lo despreciase a él, tan sin habilidades, sin gracias, sin alegría; pero, ¿a quién puede no gustarle un caracol tan bonito?. Parpadeó rápidamente al sentir que se le venían las lágrimas. Mamá no puede saber lo que hace. No lo sabe. No. Se acercó lentamente a la orilla de un mar al que parecía no importarle nada. Sin pensar, dejó que el agua le rodease los pies, dejando rastros de espuma al retirarse, como recuerdos de una caricia que parecía intencional. Supo entonces por qué le había gustado siempre el mar. El mar no hace distingos.
La gente se arremolinó en la orilla, a su alrededor. Detrás de las olas, un bote salvavidas trataba de mantener su posición mientras dos hombres bajaban a un tercero que parecía no reaccionar. La muchedumbre  murmuraba y se asustaba, coincidiendo en lo peor, como hace siempre. Los hombres batallaban un poco con la resaca y eso hizo que otros acudieran al rescate de los rescatadores. Moviéndose de prisa, con protagonismo de novela, gritaban ordenes sin sentido y empujaban a quienes tuvieran enfrente. Viniendo en su dirección, uno le hizo a un lado, con una mano callosa que le aplastó el pecho. Tendieron al hombre en la arena, pidiendo inútilmente que la gente dejara espacio. Alguien solicitaba un doctor, y en eco repetían: doctor! doctor!. Otro decía que no hacía falta, que el tipo estaba muerto de ahogado. Una mujer sollozaba, sin soltar la bolsa con piña y jícama que comía desde antes del incidente. Los más solo miraban, unos por encima de otros. Al niño le repugnaba sentir la aglomeración de esos cuerpos casi encima del suyo. Quiso alejarse, pero el cerco era compacto y no lo habría conseguido si no fuese por la llegada de los marinos, que con eficacia antinatural se abrieron paso y formaron un circulo en el que nadie podía pasar, ni el médico, que tuvo que identificarse dos veces antes que el arma bajara del nivel de sus ojos y le hiciera una seña en dirección del difunto. El niño no había visto nunca un ahogado. Le impresionó el pelo echado sobre los ojos, en una especie de antifaz del descuido, y la espuma que brotaba de la boca entreabierta en un trazo desviado, como se abría la boca de la abuela cuando roncaba. El color cenizo de todo el cuerpo le dio una sensación de frio. Y entonces le tuvo lástima. Se alejó sin repeler las lágrimas, ya retenidas anteriormente, con el caracol pesándole en una mano y la  angustiosa indefensión de ese muerto, abandonado ahí, pesándole dentro. No sabía que una mujer con un niño en brazos, ignorándola aún, lamentaría para siempre esa tragedia y asociándole con ella, no le olvidaría jamás.
El niño pasó largo rato lanzando piedras al agua, las que se hundían de inmediato, inermes ante las olas. Se sentó después a contemplar su obsequio. Había lavado cuidadosamente al caracol, aliviado de no encontrar huésped alguno dentro del laberíntico aposento. El sol había cambiado de tono y hacía que se confundieran los rastros de color en la superficie, logrando que del blanco emanara un cierto resplandor rojizo. Al niño le gustaba su caracol. Recordando las antiguas consejas, se lo puso en la oreja, tratando de escuchar el mar, pero el mar lo tenía enfrente y no dejó que otra cosa apagara su voz. Intentó soplar por el ápice y llamar como había visto hacer a los que se disfrazaban de indios, pero el caracol no admitía aliento alguno. Quitándose la gorra, inútil ya a esa hora, se lo colocó de sombrero, comprobando que le quedaba perfecto. ¡Cuán grande era su caracol!. Echó a andar por el malecón, sonriente. Acostumbrado al anonimato, a la invisibilidad, se sorprendió de pronto siendo motivo de atención de la gente. Reparó en que seguía en traje de baño y sin ninguna otra prenda encima, excepto su caracol de sombrero. O su sombrero de caracol. Anticipó las burlas y las risas que efectivamente llegaron, pero fueron más las miradas de admiración e incluso de envidia, entre otros como él, que no tenían algo parecido. Se sintió diferente. La simpatía y curiosidad que percibió de reojo le ayudó a ignorar las pullas y los comentarios mordaces, y pronto sonrió abiertamente al reconocer que esa sensación de diferencia le calzaba tan bien como su caracol. Rió al escuchar el llanto de quienes pedían un sombrero igual. Pensó que tener un caracol era algo genial, pero pronto observó que la gente le miraba a él, y cuando se iniciaron los saludos y uno que otro aplauso, y por supuesto, las fotos, las personas se dirigían a él. Ahora contaba. Ahora la soledad era un recuerdo lejano. La incomodidad que le acompañaba siempre, y que no venía de la arena, ni del sol, ni la ropa o la gente, sino de él mismo, se desvaneció, dejándole andar con un paso tranquilo y seguro hasta los pies de un ángel de piedra que recordaba desde pequeño, y ahora parecía ser lo único adecuado para permanecer consigo aún entre tanta gente, respirando el aire marino, admirando el sol encendido, respondiendo a las sonrisas y a los guiños, sin temerle a la noche ni a lo desconocido,  paladeando el sabor de ser él mismo, el de siempre, pero distinto.
Ricardo A. Simental
Julio 2012

viernes, 15 de junio de 2012

Así contigo

Le dolía algo que se removía adentro sin lograr asomarse entre tanta ansiedad y prisa por librarse o liberarse de...que? El trabajo se perpetuaba con el tiempo montado en una alineada luz de sombras y le empujaba la imaginación escaleras abajo sin lograr soltarle del escritorio ajado y en un rincón nada atractivo. Los pies se mueven con cierto ritmo, junto a las ruedas de la silla giratoria que ahora gira para volverse en dirección de la pantalla donde aparece el salvapantallas rebotando sin dirección. Quiere irse, irse ya, huyendo de las horas que vienen y que pueden encontrarle ahi, en el lugar de las otras horas muertas sin relevancia. Es tiempo de la salida pero no se atreve a ser el primero, para no escuchar el ya sabido ¿cómo? ¿ya te vas? y la risa que le precede cuando vuelve a su sitio. Quiere irse, sin embargo. Tiene que irse. Mira a su alrededor y recupera la imagen de ella desde algún dia de muy atrás y un año antiguo. Ella sonrie a medias y él responde a esa sonrisa. Le mira desde su perspectiva unidimensional y él se ata a esa mirada con un parpadeo rápido de desconcierto. Dos latidos le agitan y un timbre desde su izquierda le hace notar que todavía está ahí, dentro de lo común y corriente. Siente su propia mano tocando la superficie brillante antes de apagar la pantalla. Las carcajadas estallan a su espalda. Ella desaparece con la luz del monitor. Ellos festejan su burla y la atesoran para cientos de conversaciones grotescas. Él se levanta y sin despedirse, sale a la puerta, y después al pasillo, donde al pie de la escalera le espera ella, con la expresión de siempre y el mismo vestido, para llevarle seguro a cierto lugar donde sólo existen suspiros.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Ixca sabía todo


A Carlos Fuentes, desde acá abajo.

Ixca amaneció entre nubarrones de smog y cantos de sirenas anunciando al convoy de tiras que pasaban cubiertos con pasamontañas y cascos negros o azules, "pa´lo que importa". En la sima de esa ultima aurora, Cienfuegos caminaba entre los miembros sin coyuntura del esqueleto de México. Buscó en el Barba Azul y en la Bandida, refugios seguros de Roberto Régules e incluso quizá de Gervasio Pola, atravesado por la sombra de Rosa Morales, a la que alguien tuvo que haber querido. No encontró a nadie, excepto a Carlos, sentado de espaldas a la entrada, como todo buen escritor que no puede perder detalle del escenario. Nada se representaba frente a él, pero era la nada a la que había venido buscando. Ixca decidió entrar, nada más para verlo. Cuando Fuentes se volvió, con la mirada plena de certezas, se sintió desaparecer de ese plano y abrió un instante los ojos para oponerse. Quedó luego el silencio entre él y la mesa vacía. Miró al hombre de pie, de recia figura. Le observó torcer el gesto que tan bien conocía. Ese Ixca Cienfuegos que él había sido le miraba a su vez desde la altura, iniciando el retiro. Se reclinó contra el aire amargo del antro extinguido. Se quedó como Carlos mientras escuchaba los pasos rejuvenecidos yéndose como él, andando sin prisa hacia la salida, a una región más transparente que esa semioscuridad de la que ahora era motivo. Él, comprendiéndolo todo, permaneció mirando al vacío.

sábado, 10 de marzo de 2012

Con el alma

La quiso con el alma, desde el lugar común de los románticos; con desenfreno, la  álgida forma  de los hedonistas; con pasión, emulando a los poetas malditos; y con certeza, como sólo unos cuantos saben hacer. Vivía inmerso en las tonalidades múltiples de ese enamoramiento sublime y atróz. La quiso tanto, que se dedicó a cuidar ese amor absoluto.... y se olvidó entonces de ella.

viernes, 24 de febrero de 2012

Tus pasos


Escuchó el repicar de tacones, mientras trataba de ajustar la visión a esa semipenumbra que desciende de los ocasos melancólicos de estas latitudes, y percibía un perfume de mujer delicioso. Sin voltear, esperaba a que el tráfico le permitiese cruzar hacia el auto que dejaba al doblar la esquina, en una calle secundaria con algunos árboles que ayudaban a la discreción del amor. Esperó ver a la que se acercaba tan alegremente, pero le sorprendió mirar la acera vacía. Los pasos recién se esfumaban, a un par de metros de él, rebotando en el concreto ahogado de la calzada, pero el aroma permanecía flotando en jirones entre la brisa, a pesar de que no había nadie que los explicase. Sonrió a la primera, incrédulo. Buscó el origen de la broma, pero estaba sólo. Sintió un atisbo de asombro y una alegre exaltación: ¿se encontraba acaso con su primer fantasma? sonrió abiertamente. Los vehículos se espaciaban y aprovechó para emprender el regreso a casa. Pensó en contarlo en la cena, pero se recordó que tendría que explicar lo que hacía en esa zona, cosa impensable. Nunca había sido bueno para mentir. Así que lo guardó para mejor conversación con los amigos. Sabía que se mofarían del relato, imputándole la cobardía de no haberse quedado a averiguar el asunto. Pero, ¿averiguar qué? los pasos se habían extinguido antes de llegar a su lado. Y no había nadie. Eso era indudable. Cierto que estaba en penumbras, pero los pasos habían sonado a escasos dos metros de él. Imposible no ver a nadie, si es que era alguien el que caminase. Una mujer, por supuesto. "O un espectro travesti", se dijo, gorgoteando una risa. "Un curiosos efecto del eco", concluyó, dejando que la imagen de otra mujer real ocupase su mente, salida de su memoria reciente, de hacia escasos minutos, o una hora, a lo sumo.
En los siguientes días, no hubo oportunidad de verla hasta el fin de semana en que se dio a la fuga, aunque con menos tiempo y placer que de costumbre. El hotel era diferente, cerca del centro, así que tuvieron que tomar taxi y luego ella partió apresuradamente, casi terminando el orgasmo, antes de que en su propia casa hubiese un conflicto. Él esperó al segundo taxi, obligado, apresurando los minutos con la culpable ansiedad de quien desea ya ver a los suyos, pero no tanto a los ojos. Entonces escuchó los pasos acercarse desde su costado derecho, un poco atrás, y tuvo que volverse para ver de quién se trataba, recordando el primer encuentro, por lo que no se sorprendió cuando no descubrió persona alguna encima de esos pasos, que esta vez se desviaban dirigiéndose directamente a él. Con el cuello erizado y el corazón agitándose en un espasmo que nunca reconocería ante nadie, abrió enormemente los ojos, con expresión que en otro momento habría calificado de cómica, y dejó escapar un “uuuggghhh” significante de que algo no encajaba en ese universo. Recordó el aroma que le envolvía, discreto pero inconfundible, y se olvidó del “no puede ser” para quedarse con el “¿qué carajos está pasando?” hasta que los pasos volvieron a desvanecerse y el perfume quedó en la memoria y nadie se estrelló contra él, ni le tomó (lo que habría sido horrible) la cara entre las manos. Esa noche, en casa, durmió mal, y eso le sirvió para no tener que inventar otra excusa.
Cuando lo comentó con otro, este le dejó una mano en el hombro y le guiñó un ojo haciéndose cómplice de la aventura. “Te felicito”, le palmeó, con cierta fuerza excesiva, “esa está que se cae de buena”. Él hizo una mueca. “Si, pero, te digo que los pasos…” “Ahhh, sí, los pasos” chanceó el otro, “debe ser tu conciencia” y con una carcajada y el pulgar en alto, se alejó para contárselo a otros, con excesivos detalles, como siempre ocurre.
Sabía que estaba haciendo mal las cosas. Tenía tiempo de no cumplir en casa, excepto ocasionalmente, alegando cansancio y el estrés del trabajo. Y le mataba despedirse cada mañana de esa mirada que no le reprochaba nada. Por convencimiento, espació los encuentros, aunque sentía que los necesitaba más que nunca. Es así como un hombre siente colmado su deseo cuando no puede ver colmado ese deseo. 
Salieron de paseo en familia. Después de un par de horas, él, un tanto fastidiado, les dejó curiosear vitrinas y probar chucherías. Sentía que había cumplido su parte de padre y esposo complaciente y amable. Esa noche tampoco iría a verla y eso le provocaba un resquemor que le agriaba el semblante. “Les espero en la esquina” gritó, algo demasiado fuerte “no se tarden”. Miró vehículos y personas andar entre corrientes y flujos de ansiedad. Su propia ansiedad. “Ya basta” se dijo, “domínate”. Se envaró tratando de no pensar en nada, con el rostro hacia las escasas estrellas. “Tienes que terminar con eso”. La frase giraba en su cerebro, mientras deliberadamente borraba el rostro y el cuerpo que se empeñaban en aparecer. “Tienes que terminar con esto”. El rastro del perfume le llegó primero. Luces incandescentes bailaron desde sus ojos. Los pasos llegaron después, alegres, vivos. Se forzó a no mirar, sabiendo que no habría nadie. Aspiró con fruición el aroma que ya le era entrañable. Se sobresaltó cuando sintió los brazos rodeándole la cintura y el perfume subiendo en efluvios desde ese cuerpo cálido y por un instante desconocido. Le miraba desconcertado mientras ella subía su rostro hacia él, preguntando: ¿hueles? ¿te gusta? y le buscaba la expresión esperando que no se molestara. Él atinó a abrazarla, con un alivio que pensó ella nunca entendería. Para disfrazar su desconcierto, acercó su rostro a su cuello, oliendo esa fragancia que le hacía reaccionar como hacia mucho tiempo. “Lo compré para ti” le decía ella. “Bueno, para mi para ti” rió con un sonido infantil que rompió el corazón de él. “De mi para ti. Así se llama. Tuve que comprarlo”. Y él la abrazaba más fuerte, deseándola aún, con la risa de los hijos llegando desde atrás, acompañando el sonido de sus palabras cuando ella le dijo al oído, en tono sugerente: “no pude resistirlo”, y él contestaba, totalmente complacido: “Yo tampoco”.

lunes, 20 de febrero de 2012

Desencuentros

Él soñó que era ella y que ella era otro. Y se sintió añorándose a sí mismo desde el corazón de ella, tan desconocido hasta entonces, mientras permitía que el otro le acariciase. Se miró desde los ojos de ella rondándola con cierta timidéz a pesar de sus bravatas y hacer un rictus de celos fingiendo al mismo tiempo indiferencia. Y sonrió muy siendo ella al verse en esas actitudes infantiles. Sintió ablandarse la parte más intima de ella cuando se vio acercarse, con la sonrisa a media agua entre el azoro y la determinación, y cuando su mano de él tomó su mano de ella, la sangre le llenó cada célula con un impulso acogedor, pleno de deseo y cierta ternura. Luego llegó el otro que era ella, con un aplomo que le desarmaba y una razón irrebatible. Y miró la desolación en el rostro de él mismo mientras se alejaba y sentía crecer un mudo alarido en el alma suplicando que le pidiese quedarse. Pero se miró guardar silencio, sin callar sin embargo el amor de esos ojos. "Pídemelo, tonto"; "Dílo de cualquier forma"; "Tócame y me quedaré para siempre". Pero sus llamados siendo ella se quedaban sin reacción aparente de él, que era él mismo. Con desesperación, le miró mientras se alejaba de la mano del otro, quien sabía perfectamente lo que quería ella, pero no podía evitar ese dolor que le partía en dos y se anidaba en el alma física que le había recibido siempre, húmeda como sus lágrimas y cálida como ahora su piel.

Se despertó de súbito, con el corazón naufragando en un mar espeso de congoja. Ella le miraba con preocupación y desconcierto. "Decías tu nombre" -le dijo- "y gemías, como si lloraras". Él se sintió él de nuevo, con una tristeza enorme y el sexo a medias erguido. La miró desde sus ojos de él, asombrado de la diferencia. Ella percibió su indefensión de ese momento e inició un intento de abrazarle. Él abandonó sus ojos y miró su seno, descubierto por el tirante del camisón caído desde su hombro. Se sintió erguirse de inmediato y el recuerdo del ser de ella se desvaneció. Ella sintió una ternura extrema ante esa expresión desolada de niño perdido. Él quiso tocar su cuerpo. Ella se retiró un poco, desconcertada. Él resintió lo que interpretó como un rechazo. Ella se dio cuenta y se acercó de nuevo. Él ya pensaba en otra cosa, como la escena donde ya era él quien la miraba alejarse a ella con ese otro que era tambien ella, desde su alcázar de suficiencia y yanotequieros . Ella pretendió recuperar el momento anterior y bajó el otro tirante. Él se sintió disminuir aceleradamente, ya sin deseo ni ganas. A ella se le apagaron los ojos. A él le fastidió descubrir la brillantéz del agua en esa mirada. Ella se volvió (para que él) para levantarse (no le viese llorar). Él le dio la espalda y se acostó de nuevo, enojado consigo mismo, intentando recordar. Ella sintió crecer un mudo alarido en el alma suplicando que él le pidiese quedarse, pero sólo encontró silencio. Él deseaba decir algo, pero no pudo o no supo. Luego la sintió alejarse, y le invadió una profunda sensación de pérdida. Entonces deseó desesperadamente volver a dormir. Y soñar.

lunes, 30 de enero de 2012

17 Rosas



Hoy, en el diario, leí una noticia triste. 
En Gerena,74 años después de fusiladas, 
encontraron la fosa común donde las enterraron.
¿Quién las conocía? ¿De cuantos brazos las arrancaron?

Yo suspiro ahora
en este espacio, inasido,
y me imagino despacio
lo que habrán sido.

A que una, dichosa,
con el bosque amanecido,
otra, quizá graciosa,
otra, con el ceño fruncido.

Aquella ama el dolor
del amor recién conocido;
Esta, la desazón
de no hallar un beso escondido
en el corazón.
Esta otra, desde un puño vacío,
reclama la sinrazón
de tanto justo que ha huido.

De todas, la mar se viene
anunciando gestos, cariños,
y ese valor que ellas tienen,
que es el coraje del digno.

Anda, Federico, vuela,
Que las niñas se espantan
al detenerlas.
Cierne rima de cantos
y de elegías
sobre sus frentes, sus manos;
las rosas de sus mejillas.
Que son diecisiete las flores
que ya no verán otro día.

Todas amasan cobijo,
asisten, reparten,
y no se arredran ni parten
ante el peligro que acecha
a padres, hermanos, hijos:
su simiente y cosecha.

Que de esa tierra bendita
maldita estirpe ha hecho mella
y donde la bestia transita
de muerte y dolor deja huella.


Anda, Federico, has suya
La canción otoñal, El alma ausente,
y depositales, como en la tuya,
un laurel en la frente.

Dales del alma cobijo,
que entre tus versos se mezan
y alienten con regocijo,
que al igual que las trece
de Madrid, las rosas perennes,
Nunca perezcan, nunca,
las diecisiete.


Y con esa mano amorosa,
que no nos venza el traidor, el asesino;
que se nos quede el candor.
Y que haya siempre una rosa
en nuestro camino.

Ricardo A. Simental, 2012

jueves, 19 de enero de 2012

El ciudadano común

El ciudadano común caminaba hacia el noroeste, para asomarse de lejos al mar, cuando se topó con un mitin político, en plena campaña de elecciones. El candidato de unidad se le acercó, distinguiéndole entre la muchedumbre:

- Si votas por mí, te daré trabajo-
El ciudadano común dudó ante el ofrecimiento. Su natural suspicacia le hacía desconfiar de aquel tipo bien vestido, rodeado de hombres oscuros, de faz cruel y peligrosa.
-Cuando busqué trabajo no estabas ahí- respondió, con una personal reflexión- y no recuerdo haberte visto hasta ahora. Pero necesito el trabajo. ¿Dónde o cuando empiezo?
-Ja ja- falseó el candidato- sí que eres gracioso
-Nada de eso- respondió, fastidiado, el ciudadano común- necesito trabajo-
-Fulano! Encárgate! – tronó la voz del candidato, urgido de regresar a los aplausos y los besuqueos. Antes de alejarse, le miro a los ojos, amarrando la promesa del sufragio, y luego, extendiendo la diestra, terminó- No te olvides. Debes votar por mí.
Al quedarse solo, el ciudadano común se miró la mano, donde le habían colocado una tarjeta colorida con el nombre del asistente Fulano impreso en ella, bajo el slogan de la campaña. Debajo de la tarjeta había un volante con la cara del candidato, una calcomanía para el auto (que no tenía) con una frase del candidato, y una gorra de cartón sin armar, con los colores del candidato, que debería ponerse si quería estar igual que los otros miles que se agitaban y gritaban consignas en una cacofonía ululante que coreaba el nombre del candidato seguido de un ridículo rra-rra-rra.

El hombre común regresó a su casa, habiendose olvidado del mar por ese día. Guardó tarjeta, gorra y calcomanía, tiró el volante a la basura y quedó haciendo planes de lo que haría teniendo un buen trabajo. Sin meditar ni abstraerse sobre las razones que motivaban y los medios que permitían al candidato componerle la vida, se sintió mejor hombre que el día anterior, y se congratuló por su buena estrella, que le había guiado hacia el sitio donde habría de cambiar su destino. El ciudadano común durmió bien ese primer día de su nueva vida.

El hombre común miraba hacia el Oeste, admirando la silueta de la cordillera velada por la bruma, parado bajo un semáforo que cuenta los segundos que tienes para atravesar la calle, en uno de los cruceros más transitados de la ciudad. Venía de intentar hablar con el Fulano del día anterior, al que comisionara el candidato para ayudarle y emplearle. Después del trato despreciativo con que se le indicó que el candidato siempre cumplía sus promesas, pero que debería ser una vez que se hiciese con el poder, el ciudadano común permanecía sin trabajo y permanecía ahora esperando a que cambiase la luz al verde peatonal. Una treintena de personas, vestidas con camisetas de color distinto que mostraban el rostro del precandidato de otro partido, repartían libritos y pegaban calcomanías en los autos que lo permitían. El rostro repetido en pecho y espalda de cada individuo le ayudó a reconocer al hombre que saludaba de mano a todo aquel que estuviera a su alcance. Inmóvil, le observó acercarse y al quedar a su lado, extenderle la mano diciendo:
-Vota por mí y te daré seguridad-
El ciudadano común no atinó a responder, ya que la seguridad era algo que no había conocido nunca. No había periodos seguros de bienestar, de salud, de alimento ni de trabajo. Pensó que se refería a los asesinatos y los secuestros que abundaban en los noticiarios, y ante ese ofrecimiento, por primera vez sintió miedo de que le alcanzara la inseguridad. Se olvidó de que no tenía dinero para rescates, ni negocios que le extorsionaran, ni actividades riesgosas, ni siquiera quincenas que le robaran, pero se alegró de que alguien se encargara por fin de los maleantes. Incluso, quizá, de tanto político corrupto y ladrón. Le aceptó la mano y quiso explicarle que por su rumbo había unos tipos muy mal encarados que no respetaban a nadie, ni dejaban dormir, pero el precandidato ya se había adelantado para saludar a dos mujeres que se habían detenido a esperar la señal de cruce peatonal. Entusiasmado, pidió permiso de ayudar a repartir la publicidad y le dijo a cada persona que quiso escucharle que todo era por la seguridad, como si esta se tratase de un estado de gracia en el que todo se solucionaría. La gente le aceptó lo que ofrecía, y si no fuese por su vestimenta casi andrajosa, le hubieran confundido con un candidato que, por primera vez, hablaba con la verdad. El ayudante del asistente del precandidato tomó nota de su accionar, le pidió su nombre y su dirección, y le entregó una camiseta de talla un tanto grande, diciéndole que le buscara en la sede de su partido para integrarle al equipo de simpatizantes. El ciudadano común dio su nombre gustoso y regresó después de un rato a su casa, con otra calcomanía para auto, una docena de libritos para repartir entre sus vecinos y la tarjeta del ayudante a quien debería de buscar si quería meterse de lleno en esa boruca. Se olvidó de la buena estrella del día anterior, pensando que la pertenencia es mejor que cualquier trabajo. El ciudadano común durmió bien ese segundo día de su nueva vida.

El ciudadano común miraba desde su posición las hormigas que desfilaban con mejor orden que la caravana que pasaba sobre la avenida del frente. Se hallaba sentado en una banca de una plaza demasiado cubierta de suciedad para llamarle plaza. Venía de las oficinas del ayudante del asistente del precandidato de otro color, a quien no había podido encontrar ni siquiera después de esperar por horas parado en una esquina desde donde no miraba a nadie, pero todos le miraban a él, a su ropas, calzado y a la pena que le colgaba del rostro, con cierto aire de extrañeza y acaso sospecha. Nadie le invitó a integrarse a nada, así que finalmente se marchó, caminando hasta la plaza que ahora le sostenía, y en la que le sorprendió la procesión de seguidores del candidato popular, quienes gritaban ese nombre y solo ese nombre. El ciudadano común se levantó, caminando en el mismo sentido de la procesión, sumándose a la corriente que le llevó a cuatro kilómetros de ahí, acompañado de las mentadas de madre de todos los automovilistas detenidos por ese río humano, que se les acumularon hasta llegar a la explanada de un centro comercial al cual no se le tomó parecer. Ahí, el ciudadano común decidió retirarse, cansado de la misma cantinela, pero al iniciar la retirada se encontró con la valla que se abría para darle paso al candidato popular. La multitud se arrojaba sobre unos y otros, se arrobaba a su paso, se arropaba con sus propios gritos. El ciudadano común se vio empujado hasta quedar frente al candidato popular y este, al advertirle casi encima suyo, le dijo:
-Vota por mí, que yo haré todo por ti-
El ciudadano común ensordeció ante el clamor de respuesta de quienes le rodeaban por encima, por abajo y por ambos lados. Con veinte manos atravesándoles, tendió la suya hacia ese candidato que se le antojó verdaderamente popular y por ello casi antipático. Su respuesta se perdió entre la gritería, pero el candidato popular se le acercó y le pidió le repitiese lo dicho. El ciudadano común se repitió pero sin resultado. El candidato popular le hizo un gesto de comprensión y formó con los labios la frase, “ya sé, yo sé lo que quieres” y se movió inexplicablemente entre ese montón de cuerpos. El ciudadano común fue  objeto de atención de los que  quedaron atrás, sintiendo los toqueteos de varias manos y uno que otro cuerpo que se pegaba al suyo y se sintió un tanto importante ante los ojos que le rodeaban, leyendo como admiración lo que en realidad era una experimentada evaluación. Al final, concluyeron que no valía un bledo y comenzaron a retirarse. El ciudadano común intentó entonces una sonrisa, y quiso manifestar su adhesión a la candidatura, cuando uno de los acompañantes del candidato popular se pegó a su oído y le dijo, escupiendo entre las palabras: “largo de aquí, p…..ista de mierda” acusándole estentóreamente de pertenecer a otro partido. El ciudadano común se dio cuenta de que en este país el ser partidista no tiene que ver con el ser patriota, sino con el ser cómplice, y una vez cargado con el estigma del partido contrario, no hay argumento que valga.,

El ciudadano común regresó a su casa, sin folletos, volantes, libritos, gorra, camiseta, ni nada que se le pareciese, excepto el nombre que repitieron esas voces mil veces. La frase que le había dicho el candidato popular no le era cabalmente comprensible, porque ¿Qué significa que harán todo por uno? Entonces, al reparar en lo musitado al final, cuando leyó en sus labios “yo sé lo que quieres”, comprendió que las frases iban juntas y que eso significaba un estado de verdadero bienestar. Obtener una casa, tarifas reducidas de camión o incluso gratuitas, trabajo seguro y bien pagado, teléfono, refrigerador, cable, internet (por aquello de las cosas que uno puede ver), un carro o mejor dos, uno para la mujer que siempre se lo pedía, médico privado, para dejar de verle la jeta a tanta mona insensible en las clínicas públicas, escuelas sin cuota obligatoria, recolección de basura a la puerta y sin separar, policías sin ladrones, vacaciones pagadas, bonos de despensa, bonos de transporte, bonos de gasolina, bonos de alimentos, bonos de útiles escolares, bonos de vestido y calzado, bonos de retiro, bonos de viaje, bonos de gastos funerarios, bonos de la riqueza petrolera, uuuuuuuuuhhhhhhhhh, el ciudadano común aullaba dando brincos por el piso de cemento pulido de la sala recámara, esquivando la mesa y la cama y la caja de la televisión. Exultante, el ciudadano común durmió bien ese tercer día de su nueva  vida.

Cuando el precandidato de otro color fue elegido candidato, el ciudadano común ya sabía que estarían los tres compitiendo para serle útil únicamente a él.

Cuando, después de las más complicadas elecciones, entre los tres se designó a un ganador, el ciudadano común se dijo que nunca puede uno cumplir todos sus deseos.

Cuando, después de masacrar a quienes se oponían a su toma de poder, el candidato “ganador” se convirtió en el príncipe, el ciudadano común se preparó para recibir sus beneficios.

Cuando, sin obtener trabajo, comenzó a empeñar y vender sus escasas pertenencias, el ciudadano común pensó que nada había que hacer, excepto tener fe y esperanza, tal cual decían en la tele.

Cuando, de regreso del montepío, le asaltaron, dejándole sin comer por días, el ciudadano común se dijo que eso le pasaba solo a uno entre millones y que no podía estarle pasando a él.

Cuando perdió su casa, el ciudadano común pensó que para eso estaba la familia y se refugió entre quienes poco le querían. Supo que la dignidad tiene prohibido residir en casa ajena.

Cuando, después de tres años, volvió la parafernalia de las elecciones, el ciudadano común se dijo: Esta vez, sí voy a votar por alguno.

Cuando se decretó el Estado de Sitio, el ciudadano común ya no pudo estrenar su credencial del Instituto Federal Electoral, que ya no era 03, ni era nada.

R.A. Simental

martes, 17 de enero de 2012

lunes, 16 de enero de 2012

La última estación

Mariana se cansó de jugarle a la cómplice de Arturo. Se cansó de la náusea que le provocaban los pueblos, del trajín de los viajes; pero sobretodo, se cansó de sus triquiñuelas para escamotearles el dinero a los incautos. Se aburrió de ver las manos de Arturo como supuesto prestidigitador, y del vaivén de monedas debajo de los vasos que luego llenaría con su bebida. Monedas que invariablemente serían suyas con ayuda de ella como palera.
            Se arrepentía del día en que decidió seguirlo, del día aquél en que esas manos le conquistaron, delicadas, tan visiblemente suaves que Mariana imaginó que la recorrerían muchas veces.
            Qué tiempo había pasado desde entonces, se preguntaba vacía, y halló respuesta en sus propias manos: marchitas, medio muertas, ajadas por el paisaje polvoriento de los poblados que cruzaron como fantasmas.
            Un olor a olvido, rancio, anticuado, que provenía de los lugares que pasaban, todavía rellenaba su nariz; olor que se sumaba al polvo que sentía pegado a su cuello, sensación que se prolongaba hasta el pecho, y que no quitó la ducha que se vio obligada a tomar en el último hotel al que llegaron.
            Se preguntaba de qué le había servido aquello, y sin pretenderlo, recordó el día, debajo del gran árbol en la plaza cuando se acercó y vio sus manos,  y las apuestas que corrían y el dinero que se jugaba y se perdía.
            Luego recordó el momento en que descubrió que Arturo, con los bolsillos llenos de monedas, la miraba sin perder el control de un juego en el que ella misma después se enrolaría. En el que perdió, seguramente, más que ninguna otra persona frente a Arturo, que no dejó de mover las manos mientras la veía. Mariana permaneció parada con firmeza encima de los tacones que llevaba puestos, embelesada, mientras la mirada de Arturo la recorría. Eso la encantó. Le cautivó cómo podía ganar sin dejar de observarla, porque Arturo ni siquiera apartó la vista de su rostro para levantar los últimos billetes que se llevó a la bolsa mientras decía: “Eso es todo por hoy señoras y señores, me voy a comer”. Cerrando su mesilla de trabajo la colocó debajo de un brazo, luego se acercó a Mariana y la tomó por el talle, le dio un jalón hacia sí mientras le ordenaba bajo una alambicada pregunta: ¿podemos irnos?
            Así fue como terminó metida de palera, andando de un sitio a otro, conociendo una geografía monótona y una vida pendenciera. Quizá eso fue lo que le permitió observar cómo se iba degradando la encantadora imagen de alguien a quien admiró muchísimo […] más de la cuenta.
            Mariana estaba sentada en la estación de Creel, recordando, esperando un viejo tren, quizá el último que quedaba. Su mirada se alejaba por esa vía desierta que descansaba sobre sus durmientes, como una escalera que se prolongaba a la incertidumbre de los días que le esperaban habitando sola esa nueva geografía, rodeada de un paisaje que al menos, en principio, era de un intenso color verde.