jueves, 19 de enero de 2012

El ciudadano común

El ciudadano común caminaba hacia el noroeste, para asomarse de lejos al mar, cuando se topó con un mitin político, en plena campaña de elecciones. El candidato de unidad se le acercó, distinguiéndole entre la muchedumbre:

- Si votas por mí, te daré trabajo-
El ciudadano común dudó ante el ofrecimiento. Su natural suspicacia le hacía desconfiar de aquel tipo bien vestido, rodeado de hombres oscuros, de faz cruel y peligrosa.
-Cuando busqué trabajo no estabas ahí- respondió, con una personal reflexión- y no recuerdo haberte visto hasta ahora. Pero necesito el trabajo. ¿Dónde o cuando empiezo?
-Ja ja- falseó el candidato- sí que eres gracioso
-Nada de eso- respondió, fastidiado, el ciudadano común- necesito trabajo-
-Fulano! Encárgate! – tronó la voz del candidato, urgido de regresar a los aplausos y los besuqueos. Antes de alejarse, le miro a los ojos, amarrando la promesa del sufragio, y luego, extendiendo la diestra, terminó- No te olvides. Debes votar por mí.
Al quedarse solo, el ciudadano común se miró la mano, donde le habían colocado una tarjeta colorida con el nombre del asistente Fulano impreso en ella, bajo el slogan de la campaña. Debajo de la tarjeta había un volante con la cara del candidato, una calcomanía para el auto (que no tenía) con una frase del candidato, y una gorra de cartón sin armar, con los colores del candidato, que debería ponerse si quería estar igual que los otros miles que se agitaban y gritaban consignas en una cacofonía ululante que coreaba el nombre del candidato seguido de un ridículo rra-rra-rra.

El hombre común regresó a su casa, habiendose olvidado del mar por ese día. Guardó tarjeta, gorra y calcomanía, tiró el volante a la basura y quedó haciendo planes de lo que haría teniendo un buen trabajo. Sin meditar ni abstraerse sobre las razones que motivaban y los medios que permitían al candidato componerle la vida, se sintió mejor hombre que el día anterior, y se congratuló por su buena estrella, que le había guiado hacia el sitio donde habría de cambiar su destino. El ciudadano común durmió bien ese primer día de su nueva vida.

El hombre común miraba hacia el Oeste, admirando la silueta de la cordillera velada por la bruma, parado bajo un semáforo que cuenta los segundos que tienes para atravesar la calle, en uno de los cruceros más transitados de la ciudad. Venía de intentar hablar con el Fulano del día anterior, al que comisionara el candidato para ayudarle y emplearle. Después del trato despreciativo con que se le indicó que el candidato siempre cumplía sus promesas, pero que debería ser una vez que se hiciese con el poder, el ciudadano común permanecía sin trabajo y permanecía ahora esperando a que cambiase la luz al verde peatonal. Una treintena de personas, vestidas con camisetas de color distinto que mostraban el rostro del precandidato de otro partido, repartían libritos y pegaban calcomanías en los autos que lo permitían. El rostro repetido en pecho y espalda de cada individuo le ayudó a reconocer al hombre que saludaba de mano a todo aquel que estuviera a su alcance. Inmóvil, le observó acercarse y al quedar a su lado, extenderle la mano diciendo:
-Vota por mí y te daré seguridad-
El ciudadano común no atinó a responder, ya que la seguridad era algo que no había conocido nunca. No había periodos seguros de bienestar, de salud, de alimento ni de trabajo. Pensó que se refería a los asesinatos y los secuestros que abundaban en los noticiarios, y ante ese ofrecimiento, por primera vez sintió miedo de que le alcanzara la inseguridad. Se olvidó de que no tenía dinero para rescates, ni negocios que le extorsionaran, ni actividades riesgosas, ni siquiera quincenas que le robaran, pero se alegró de que alguien se encargara por fin de los maleantes. Incluso, quizá, de tanto político corrupto y ladrón. Le aceptó la mano y quiso explicarle que por su rumbo había unos tipos muy mal encarados que no respetaban a nadie, ni dejaban dormir, pero el precandidato ya se había adelantado para saludar a dos mujeres que se habían detenido a esperar la señal de cruce peatonal. Entusiasmado, pidió permiso de ayudar a repartir la publicidad y le dijo a cada persona que quiso escucharle que todo era por la seguridad, como si esta se tratase de un estado de gracia en el que todo se solucionaría. La gente le aceptó lo que ofrecía, y si no fuese por su vestimenta casi andrajosa, le hubieran confundido con un candidato que, por primera vez, hablaba con la verdad. El ayudante del asistente del precandidato tomó nota de su accionar, le pidió su nombre y su dirección, y le entregó una camiseta de talla un tanto grande, diciéndole que le buscara en la sede de su partido para integrarle al equipo de simpatizantes. El ciudadano común dio su nombre gustoso y regresó después de un rato a su casa, con otra calcomanía para auto, una docena de libritos para repartir entre sus vecinos y la tarjeta del ayudante a quien debería de buscar si quería meterse de lleno en esa boruca. Se olvidó de la buena estrella del día anterior, pensando que la pertenencia es mejor que cualquier trabajo. El ciudadano común durmió bien ese segundo día de su nueva vida.

El ciudadano común miraba desde su posición las hormigas que desfilaban con mejor orden que la caravana que pasaba sobre la avenida del frente. Se hallaba sentado en una banca de una plaza demasiado cubierta de suciedad para llamarle plaza. Venía de las oficinas del ayudante del asistente del precandidato de otro color, a quien no había podido encontrar ni siquiera después de esperar por horas parado en una esquina desde donde no miraba a nadie, pero todos le miraban a él, a su ropas, calzado y a la pena que le colgaba del rostro, con cierto aire de extrañeza y acaso sospecha. Nadie le invitó a integrarse a nada, así que finalmente se marchó, caminando hasta la plaza que ahora le sostenía, y en la que le sorprendió la procesión de seguidores del candidato popular, quienes gritaban ese nombre y solo ese nombre. El ciudadano común se levantó, caminando en el mismo sentido de la procesión, sumándose a la corriente que le llevó a cuatro kilómetros de ahí, acompañado de las mentadas de madre de todos los automovilistas detenidos por ese río humano, que se les acumularon hasta llegar a la explanada de un centro comercial al cual no se le tomó parecer. Ahí, el ciudadano común decidió retirarse, cansado de la misma cantinela, pero al iniciar la retirada se encontró con la valla que se abría para darle paso al candidato popular. La multitud se arrojaba sobre unos y otros, se arrobaba a su paso, se arropaba con sus propios gritos. El ciudadano común se vio empujado hasta quedar frente al candidato popular y este, al advertirle casi encima suyo, le dijo:
-Vota por mí, que yo haré todo por ti-
El ciudadano común ensordeció ante el clamor de respuesta de quienes le rodeaban por encima, por abajo y por ambos lados. Con veinte manos atravesándoles, tendió la suya hacia ese candidato que se le antojó verdaderamente popular y por ello casi antipático. Su respuesta se perdió entre la gritería, pero el candidato popular se le acercó y le pidió le repitiese lo dicho. El ciudadano común se repitió pero sin resultado. El candidato popular le hizo un gesto de comprensión y formó con los labios la frase, “ya sé, yo sé lo que quieres” y se movió inexplicablemente entre ese montón de cuerpos. El ciudadano común fue  objeto de atención de los que  quedaron atrás, sintiendo los toqueteos de varias manos y uno que otro cuerpo que se pegaba al suyo y se sintió un tanto importante ante los ojos que le rodeaban, leyendo como admiración lo que en realidad era una experimentada evaluación. Al final, concluyeron que no valía un bledo y comenzaron a retirarse. El ciudadano común intentó entonces una sonrisa, y quiso manifestar su adhesión a la candidatura, cuando uno de los acompañantes del candidato popular se pegó a su oído y le dijo, escupiendo entre las palabras: “largo de aquí, p…..ista de mierda” acusándole estentóreamente de pertenecer a otro partido. El ciudadano común se dio cuenta de que en este país el ser partidista no tiene que ver con el ser patriota, sino con el ser cómplice, y una vez cargado con el estigma del partido contrario, no hay argumento que valga.,

El ciudadano común regresó a su casa, sin folletos, volantes, libritos, gorra, camiseta, ni nada que se le pareciese, excepto el nombre que repitieron esas voces mil veces. La frase que le había dicho el candidato popular no le era cabalmente comprensible, porque ¿Qué significa que harán todo por uno? Entonces, al reparar en lo musitado al final, cuando leyó en sus labios “yo sé lo que quieres”, comprendió que las frases iban juntas y que eso significaba un estado de verdadero bienestar. Obtener una casa, tarifas reducidas de camión o incluso gratuitas, trabajo seguro y bien pagado, teléfono, refrigerador, cable, internet (por aquello de las cosas que uno puede ver), un carro o mejor dos, uno para la mujer que siempre se lo pedía, médico privado, para dejar de verle la jeta a tanta mona insensible en las clínicas públicas, escuelas sin cuota obligatoria, recolección de basura a la puerta y sin separar, policías sin ladrones, vacaciones pagadas, bonos de despensa, bonos de transporte, bonos de gasolina, bonos de alimentos, bonos de útiles escolares, bonos de vestido y calzado, bonos de retiro, bonos de viaje, bonos de gastos funerarios, bonos de la riqueza petrolera, uuuuuuuuuhhhhhhhhh, el ciudadano común aullaba dando brincos por el piso de cemento pulido de la sala recámara, esquivando la mesa y la cama y la caja de la televisión. Exultante, el ciudadano común durmió bien ese tercer día de su nueva  vida.

Cuando el precandidato de otro color fue elegido candidato, el ciudadano común ya sabía que estarían los tres compitiendo para serle útil únicamente a él.

Cuando, después de las más complicadas elecciones, entre los tres se designó a un ganador, el ciudadano común se dijo que nunca puede uno cumplir todos sus deseos.

Cuando, después de masacrar a quienes se oponían a su toma de poder, el candidato “ganador” se convirtió en el príncipe, el ciudadano común se preparó para recibir sus beneficios.

Cuando, sin obtener trabajo, comenzó a empeñar y vender sus escasas pertenencias, el ciudadano común pensó que nada había que hacer, excepto tener fe y esperanza, tal cual decían en la tele.

Cuando, de regreso del montepío, le asaltaron, dejándole sin comer por días, el ciudadano común se dijo que eso le pasaba solo a uno entre millones y que no podía estarle pasando a él.

Cuando perdió su casa, el ciudadano común pensó que para eso estaba la familia y se refugió entre quienes poco le querían. Supo que la dignidad tiene prohibido residir en casa ajena.

Cuando, después de tres años, volvió la parafernalia de las elecciones, el ciudadano común se dijo: Esta vez, sí voy a votar por alguno.

Cuando se decretó el Estado de Sitio, el ciudadano común ya no pudo estrenar su credencial del Instituto Federal Electoral, que ya no era 03, ni era nada.

R.A. Simental

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