Mariana se cansó de jugarle a la cómplice de Arturo. Se cansó de la náusea que le provocaban los pueblos, del trajín de los viajes; pero sobretodo, se cansó de sus triquiñuelas para escamotearles el dinero a los incautos. Se aburrió de ver las manos de Arturo como supuesto prestidigitador, y del vaivén de monedas debajo de los vasos que luego llenaría con su bebida. Monedas que invariablemente serían suyas con ayuda de ella como palera.
Se arrepentía del día en que decidió seguirlo, del día aquél en que esas manos le conquistaron, delicadas, tan visiblemente suaves que Mariana imaginó que la recorrerían muchas veces.
Qué tiempo había pasado desde entonces, se preguntaba vacía, y halló respuesta en sus propias manos: marchitas, medio muertas, ajadas por el paisaje polvoriento de los poblados que cruzaron como fantasmas.
Un olor a olvido, rancio, anticuado, que provenía de los lugares que pasaban, todavía rellenaba su nariz; olor que se sumaba al polvo que sentía pegado a su cuello, sensación que se prolongaba hasta el pecho, y que no quitó la ducha que se vio obligada a tomar en el último hotel al que llegaron.
Se preguntaba de qué le había servido aquello, y sin pretenderlo, recordó el día, debajo del gran árbol en la plaza cuando se acercó y vio sus manos, y las apuestas que corrían y el dinero que se jugaba y se perdía.
Luego recordó el momento en que descubrió que Arturo, con los bolsillos llenos de monedas, la miraba sin perder el control de un juego en el que ella misma después se enrolaría. En el que perdió, seguramente, más que ninguna otra persona frente a Arturo, que no dejó de mover las manos mientras la veía. Mariana permaneció parada con firmeza encima de los tacones que llevaba puestos, embelesada, mientras la mirada de Arturo la recorría. Eso la encantó. Le cautivó cómo podía ganar sin dejar de observarla, porque Arturo ni siquiera apartó la vista de su rostro para levantar los últimos billetes que se llevó a la bolsa mientras decía: “Eso es todo por hoy señoras y señores, me voy a comer”. Cerrando su mesilla de trabajo la colocó debajo de un brazo, luego se acercó a Mariana y la tomó por el talle, le dio un jalón hacia sí mientras le ordenaba bajo una alambicada pregunta: ¿podemos irnos?
Así fue como terminó metida de palera, andando de un sitio a otro, conociendo una geografía monótona y una vida pendenciera. Quizá eso fue lo que le permitió observar cómo se iba degradando la encantadora imagen de alguien a quien admiró muchísimo […] más de la cuenta.
Mariana estaba sentada en la estación de Creel, recordando, esperando un viejo tren, quizá el último que quedaba. Su mirada se alejaba por esa vía desierta que descansaba sobre sus durmientes, como una escalera que se prolongaba a la incertidumbre de los días que le esperaban habitando sola esa nueva geografía, rodeada de un paisaje que al menos, en principio, era de un intenso color verde.
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