domingo, 29 de mayo de 2011

Erase una vez

Erase una vez una vez. En ella ocurría todo lo posible y algo de lo que los racionales llaman imposible. Para ella esto no significaba gran cosa. Anhelaba lo inimaginable pero era sólo lo imaginable lo que aterrizaba entre sus ámbitos de incidencia y ocasión. A esa vez no le era dado extenderse más allá del ámbito de ocurrencia, pero ella se negaba a encasillarse como las otras veces, que se traducian unas a otras en una concatenación interminable de repetidas veces. Esta vez quería sobresalir de las otras; y no contarse como tantas ellas. Quería llenarse de sentidos, de tragedias, de eternas voluptuosidades que impidieran su olvido. Pero no podía tomarlos por ella misma. Podía, eso si, rechazar lo que no le pareciera. Y asi es como esa vez se inició en el esfuerzo de quedar vacía para esperar el gran suceso. Disimuló, se dobló tantas veces sobre sí misma, vacía como estaba, y se ocultó al tiempo, y este le pasó de largo con el atolondrado gesto que le distingue. La espera se hizo interminable. Esa vez se volvió irascible, impaciente, hueca. El gran suceso no llegaba y ella sentía despedazarse incluso el vacío que llevaba dentro y sólo le latía el resto de anhelo que le había acompañado hasta ahí. Esa vez no ocurrió nunca. Cuando decidió llenarse con lo que fuese, se dió cuenta de que ya había pasado todo.

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