Ejercicios a manos libres de algunos miembros jubilados del extinto taller literario "Ateneo Vallartense" Ricardo Simental, Rafaél Torres Meyer y Paco Juarez.
jueves, 20 de enero de 2011
Leyendo
De niño pensó que uno podría morir cualquier día, como se morían las caricaturas y los zanates del patio, de forma repetida y a veces graciosa, pero que fuera de eso, de cierto modo sería inmortal. Le encantaba la idea de pasarse toda la eternidad inmerso en la lectura. Eso le resolvió la vida hasta el dia en que se dio cuenta, leyendo, que los años se le habían ido leyendo y que lo que había leido cubría apenas unos cuantos estantes. A ese paso jamás alcanzaría a leer todo lo que había que leer. Le invadió el pánico. La noción de su verdadera mortalidad se le develó con terrorífica precisión. Nada explica mejor el abismo de la muerte que la distancia que pone entre lo que más queremos. Resolvió resolver el conflicto. La muerte no estaba bien. Buscó los fantasmas que le confirmaran el otro mundo y sólo encontró unos recuerdos que le magullaron el alma. Buscó los dogmas que explicaran la inmortalidad de la fe, sin mejor resultado, excepto el de encontrar los mejores cuentos del mundo. Dejó de buscar. Abatido, pensó en renunciar a la lectura, ya que la biblioteca del hombre le sería incubrible. Pero el dejar de leer le trajo dos malos hábitos de los que ya no se libraría nunca. Se inició entonces en la escritura. Y fue ahi donde entendió el misterio: quien más quiere vivir, más se muere.
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