lunes, 28 de marzo de 2011

La hoja de un árbol

Miró el sol, moneda ardiente, a tres cuartos del cielo. El calor arreciaba y había que buscar algo de sombra. Miró el árbol, como no creyendolo. Caminó con prisa, dejando atrás nada más que aceras y empedrados. Llegó con el sudor bajando la espalda y el pelo ardiendo. Bajo el follaje, una cierta brisa danzaba con olor de humo, de hacinamiento, de ciudad. El mar había desaparecido del aire. Miro el reloj y se olvidó del tiempo. ¿Es que había algo qué hacer?. Descubrió unos zapatos negros con las puntas raspadas que le salian de las bastillas hechas a mano en un pantalón azul oscuro. Y una mano en el bolsillo. ¿Tendría clavos?. El sol se colaba a escondidas entre las ramas, mecidas solas sin viento. Por aqui pasaba un arroyo y ahora ¿qué pasa?. Los restos del gondo le vuelven las manos pegajosas. Se pasa la lengua por los labios resecos. Les mira pasar, uno tras otro. No se decide. Fíjate bien. Cuando los veas del tamaño de tu uña pulgar. Entonces te apuras, pero no corras. Mira a ambos lados, una y otra vez. Cruza la calle lamentando abandonar la sombra del árbol. Y al árbol. Se vuelve y lo contempla desde ahí, del otro lado. Se ve grandioso. Adios, árbol, le dice, sorprendiendo a los que esperan tambien el camión. Espero que estés ahi la próxima vez que regrese. Espero que estés ahi, porque tú eres todo lo que queda.

1 comentario:

  1. Hoy he leído un fragmento de Tabuchi que le viene bien a este relato. Lo mando a tu correo!

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