lunes, 14 de marzo de 2011

Con quien andamos

Caminando, descubrió que su sombra se iba quedando atrás. El sol no jugaba papel en esa obra, ya que languidecía fijo apenas encima del mar horizonte, ahogandose con rojos violetas y púrpuras arañando el cielo. Aminoró el paso y su sombra hizo igual, aunque esta vez quedó incluso a mayor distancia. Le miró los pies unidimensionales y reparó en que nunca había mirando esos pies antes. Los pasos lentos, pausados, aún coincidían al tocarse en el pavimento todavía caliente. Pero su sombra se resistía a ir. Se echó las manos a los bolsillos dejando para después arreglar el asunto. Pensó una vez más en ella. La razón del dolor le atravesó el cerebro con una luz clarísima de celos: sintió el jalón de la desesperación. Tocó el peine en el bolsillo derecho y lo sacó, por pura inercia, mirando la huella de su apariencia entre los dientes, algo cargados de excesos. Lo metió en el bolsillo izquierdo y se detuvo, queriendo sacarse eso que se le arremolinaba adentro. ¿Por qué lo habría hecho?, pensaba. Dos pasos a destiempo le hicieron volverse: su sombra le alcanzaba apenas. Y tu? le espetó, molesto. Ya ni siquiera tú me sigues? preguntó, con cierta amargura. Giró sobre el pie izquierdo, adelantando el derecho. La sombra hizo lo contrario. Caminó de prisa hacia la esquina, donde siempre no la encontraría. Su sombra se quedó en su sitio, abriendo un poco los brazos con las palmas oscuras hacia arriba, cuestionando. ¿Por qué prefería esperar a quien no le guardaba nada? Él entendió el gesto y ya sin corazón, la dejó ahi, plantada para siempre. Al fin que alguien seguramente pasaría y haría algo con ella, que él no había sabido nunca manejarla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario