domingo, 2 de marzo de 2014

Los sicarios

Miró las estrellas, embelesada por la notoria brillantez de una de ellas. Orión se inclinaba a su siniestra, quizá para mejorar la distorsión hacia Géminis. A ella poco importaban los nombres, sabiendo que quien no llama nada, nada a su vez le llama. Murmuraba bajito el único nombre que importaba: Ezael, Ezael. Cantaba cierta letanía agorera de la buena suerte, mientras esperaba a su esposo, que regresaría quizá ese otro día del censo de Augusto. Quizá nunca. ¿Qué harías sin padre, Ezael, si distinto hubiera sido tu destino?. El ecumenismo romano se despedazaba a la puerta de esa vivienda en Belén, hasta donde habían llegado las huestes de Herodes, el sátrapa. Tomó la punta de su manto para borrar una sombra que escurría desde el alfeizar de la ventana. El manto se tornó en esa sombra. ¿Qué serías cuando crezcas, Ezael, si te dejaran vivir?. Los perros ladraban furiosamente, al paso seguro de un guardia del Imperio, cumplida ya su misión. Ella se acercó a la cuna y tomó el envoltorio que se antojaba ligero, cantando suave su nombre y una elegía a los ángeles en el cielo. Pero no nombró a Dios, como al paso. Se sentó en el umbral de la puerta, mirando el lejano resplandor de las fogatas en el pueblo. El envoltorio se le deshizo en el regazo, vacío. Ella cantaba una dulce canción de cuna, con voz agotada, sedienta, armada de una pena entera. No sabía quién nacía a esa hora del mundo.
Miró las estrellas, extrañada de la brillantez de una de ellas. Las luces artificiales se habían apagado hacía horas. Esperaba a su esposo, que no habría logrado pasar a tiempo los retenes e ignominias que ahogan a Belén. La única habitación de la casa todavía en pie, olía a  encierro, o a entierro. Oyó ladrar a los perros, al paso del convoy de los paleros del imperio. La hipocresía humana se regocijaba fuera de esa vivienda, hasta donde habían llegado las huestes de Netanyahu, el cerdo. Tomó la punta de su manto para limpiar una mancha que se escurría de esa frente destruida que protegía con su mano. El manto se convirtió en esa herida. ¿Qué serías cuando crezcas, Azhar, si te hubieran dejado?. ¿Qué seré yo, desde ahora?. Cantó suavemente el nombre del muerto. No sabía qué o quién renacía a esa hora en el mundo.

jueves, 20 de febrero de 2014

Cachivaches

“Pobrecita huerfanita, sin su padre ni su madre,
la echaremos a la calle, a llorar su desventura…”
Ronda infantil

Sabía que el hombre de la carreta pasaría negando con la cabeza lejanas batallas perdidas, seguido de sus perros, asombrosamente feos, pero resistentes como la fiebre, agitando abiertamente la cola y gruñendo a la par ante los falsos ladridos de los dogos de casa. El burdégano, de blanco sucio, ignoraría todo ello, mirando al frente y hacia abajo, tirando con pausas acomodadas al paso del viejo, las inclinaciones de cabeza con que arrastraba la renuente catanga. Metido en esta, entre un olor nauseabundo y un aura indescriptible, asomaría los ojos el pequeñuelo descubierto apenas antier, con el pelo erizado y la mugre pinta como semblante. Cuando escuchó el cascar de las ruedas, asomó al patio primero, luego al cancel, y con un último tirón, se arrojó a la calle, parando en seco la mirada del viejo, y un momento después, su andar cansino.
-          ¿Qué se le ofrece al niño?- Le oyó decir, sin mover apenas los labios, con una voz de aguardiente y un ademán de total lucidez.
-          ¿Que se le ofrece?- Volvió a escuchar, encima de su silencio, sin que con ello se pudiese librar de un temblorcillo extendido arándole la mitad de la espalda.
-          ¿Es su hijo?- preguntó, con voz demasiado fuerte.
El viejo miró hacia la casa, donde se asomaba, tras la cortina, el bondadoso rostro de la madre. Hizo el gesto de sonreír y tocó con las puntas de las uñas, el raído sombrero. Luego le miró a él, ganando para siempre en tamaño y en eterna presencia.
-          Ese niño lo he robado- La voz agria desdecía la abierta sonrisa, con dientes tintos de tabaco y escasa ocurrencia. Él tragó saliva. – Eso, y otras cosas, le pasa a los preguntones-

Su alma se puso a llorar. Sin lágrimas, sin aspavientos, con la garganta cerrada, con el corazón desaparecido. Su cuerpo quedó quieto, sin parpadear. La madre salió de prisa, olvidando casi el metal y el vidrio que había acumulado en semanas. Pasó a su lado, sin verle, negoció con el viejo, y ambos fueron por el material. Él se fue moviendo de espaldas hasta ocultarse, mientras el chamarilero echaba los sacos a su lado y por encima. Y desde ahí, no olvidó nunca los ojos que le miraban, asomando apenas detrás del único árbol de ese jardín, de espaldas a la madre y a la casa, grande y bonita, que divisaba plena, parapetado en ese carromato que se movía.