Y sirvió el café, con cierto insólito atrevimiento, desnuda como
una sombra aunque mucho más luminosa. Sonreía mirándome entre el vapor que
emanaba de la cafetera y le desleía el ojo izquierdo ¿o sería la sonrisa?. Sus
pechos subían y bajaban como entre mis manos, sin la gloriosa lujuria que antes
les inflamaba, aunque con las crestas erguidas como siempre temprano en la
mañana. Me miraba mientras el líquido caía y caía, mientras se derramaba un
poco. Sabía que el deseo inundaba mi percepción y que eso me nublaría el
juicio, facilitando lo que fuera, exonerándola para siempre. Se giró hacia mí,
con la taza ridícula y un platito debajo, depositándoles sobre la mesa al no
encontrar mi mano. Advertí el vello triangular enmarcado por esa extrema
suavidad que todas tienen entre los muslos.
-Anda, bebe- dijo ordenando - eso te despertará. Aunque veo que
ese otro ya ha despertado - y el arroyo de su risa me batió por entero,
haciendo que se elevaran mis brazos, en un intento tardío de posesión. Ella
retrocedió divertida, agitando el pelo.
- Me gusta- casi cantó desde detrás de la taza - me gusta más que tú-
El celular danzó sobre la superficie de madera, girando contra
reloj mientras Beatles cantaba she loves you yeah yeah una y otra vez hasta que
contesté la llamada. - Hola, mi amor, buenos días- sonó la voz lejana de
alguien que yo conocía. - ¿cómo dormiste?
espero que todo salga bien y regreses pronto - y luego, con una risita aún
nerviosa después de 20 años de pretender conocernos- ya te extraño-.
Bien – atiné a responder- estoy bien.
Ella se acercó con ambas manos libres. Lo que tocó me hizo
inflamar el pecho y aumentó mi momentánea ausencia. - Los niños te mandan saludos - seguía escuchando, increíblemente
ajeno a esa historia - y yo te mando un beso
- una pausa- donde ya sabes-. Oír eso
me regresó al mundo de golpe, violentamente. Ella lo sintió en la mano y pensó
golosa que era otra la reacción - mmmhhh- musitó, antes de arrodillarse.
Respiré hondo, demasiado hondo. - ¿qué
tienes? - preguntó el teléfono- ¿estás
triste? - un furioso aleteo de conciencia se me vino encima, como un
latigazo. Y un lamento se me agolpó en la garganta. Quise ofuscarlo y me
encontré gimiendo, con placer. Reaccioné de inmediato. -Yo también te extraño,
no sabes cuánto-. A no extrañar, mi mentira sonó convincente. Tanto así, que la
creí con soltura y cierta desfachatez. Desde abajo, sus ojos se volvieron hacia
mí, diciendo claramente "cínico" mientras ella sonreía con la boca
llena. Redobló los giros de su cabeza, mientras su mano abandonaba mi muslo y
bajaba hacia el suyo, al origen de todo. -Gracias
amor- insistió la voz del teléfono - necesitaba
escuchar eso-. Algo me crujió dentro. Era ridículo pero verdadero. Algo
parecía haberse roto en algún lado de ese de adentro. Me abandonó la firmeza.
Ella, al notarlo, abandonó también. Eso mostraba su verdadera experiencia.
Irguiéndose, acercó sus senos a mi rostro, exudando su aroma. Yo sentí ganas de
nuevo. Y también de llorar. No acerté a responder. Pero dije lo que siempre
anda uno rehuyendo: te quiero. Ella oprimió un pezón contra mi mejilla derecha,
mientras su voz musitaba en mi oído: "repite eso". En el teléfono, la
otra voz inquiría: "¿qué dijiste? no
escuché bien". Mi voz sonó rasposa, algo enconada
-Sólo dije que te quiero-
No corté. Apagué el teléfono.