En su simulado actuar progresista, los legisladores del país redefinieron legalmente, (ya que en cualquier otro ámbito tendrían verdaderas dificultades dada su naturaleza bárbara y su reducida ocurrencia sináptica) lo que debe contarse ya como individuo, extendiendo el concepto de persona hasta el óvulo fecundado. Diáconos y feligreses festejaron con eucarístías lo que ellos consideraban la elevación constitucional de un precepto religioso, mientras los reaccionarios clamaban victoria contra las libertinas libertades civiles, que tanto estorban al estado laico totalitario. El resto del pueblo no sabía a ciencia cierta lo que se trataba de discernir, pero obligado y acostumbrado a obedecer, se limitó como siempre a observar, descubriendo que en ello se le ha ido la vida, la que ahora supuestamente se trataba de defender. Jose Michael Pech, con su acostumbrada desfachatez y desde su tribuna inaccesible, dictaminó, con más celeridad que la Suprema Corte, que el precepto debía ir aún más allá, e incluso proteger, con inspiración divina y teorema biológico, las medias almas que necesariamente residen en cada óvulo y cada espermatozoide, aún considerando la cantidad exorbitante de estos últimos. "Será - decía, incólume hasta entonces- misión máxima del Estado laico y democrático proteger no sólo la vida y el bienestar de todos y todas los mexicanos y mexicanas, sino que, además, la de aquellos que no lo son legalmente todavía, sea por circunstancia, negación o aborticidio, y considerando el principio de vida contenida en esperma y menstruación, también a esas medias almas que hubieren sido, pudiesen ser, y acaso ocurran, respetando esa preexistencia que significa la mitad del alma en espera de su otra mitad, sin importar que su destino pueda malograrse antes de llegar a unirse, sea por causa fortuita, uso de condón, cuenta de los días, intervención química o simple derrama externa, convirtiendo cualquiera de estas causas de impedimento a la concepción, bajo el principio de Actiones non natae non praescribunt en conductas merecedoras de acción penal, por su obvia consecuencia de privar de la preexistencia intrínseca que cada media alma merece, y teniendo que responder el sujeto infractor por sus actos u omisiones ocurridos en un estado de Animus necandi, la obligación de compensar y desagraviar a la sociedad por las posibilidades infinitas de las que se ha visto privada por el acto individual, personal e inaceptable, de pretender decidir sobre el uso o desperdicio de la materia primigenia de la vida".
Lo anterior , que pretendía ser una bufonada, fue aprobado unánimemente por cámaras, clanes, diócesis y ejecutivos, y entró en vigor con toda la fuerza del Estado, es decir, a macanazos y desapariciones, para escarnio de Jose Michael Pech, a quien se le quitó la mala maña de hacerse el gracioso y quien terminó convirtiéndose en una de las primeras víctimas de tan justa y vanguardista norma, dado su onanismo irreductible. Tan retrógrada legislación fue aplicada con estricto entusiasmo contra los comunes, (ya que las clases altas seguían con los aquelarres de siempre), con la única salvedad de una pequeña posibilidad de perdón penitente necesariamente otorgado por una persona proba designada para el caso y para quien el acto de arrepentimiento y redención del acusado debería ser evidente y suficiente.
Desde entonces las mujeres lloran cabalmente cada mes esas medias almas perdidas entre su sangre, sumando los actos de penitencia a los malestares ya conocidos, mientras murmuran el nombre que le hubieran puesto de haber concebido, hilando cada una de ellas una larga lista de nombres en los que abundan los femeninos. y con los que se entretienen en las noches de fuego vivo. En tanto los hombres evitan el toqueteo infame, y cuando por causa natural del cuerpo ímprobo amanecen descargados, muestran las evidencias del suceso ante los ojos y narices de los justos, cumpliendo cabalmente los actos de contrición a los que se han hecho merecedores. Algunos imbéciles han intentado el truco de hilar los nombres que practican las mujeres, pero mientras estas sólo tienen que pensar en uno por mes, aquellos se las ven negras para anotar unos cuantos cientos, mientras dejan en el anonimato a millones. Ahora los condones lucen leyendas impresas en latex que sólo pueden leerse una vez extendidos y que rezan algo así como "aquí yacen los incontables" o "somos la tribu de ...." y una linea para que el malhado ponga su nombre, si se atreve a tanto. Los productos femeninos, siempre en la vanguardia, son mas delicados en su homenaje a los caídos, luciendo moños luctuosos a juego con las alitas de soporte, o lineas transversales que invitan a la abstención y al recogimiento, sin albur ninguno. La colección de evidencias, una vez puesta en conjunto, pone a prueba el epíteto de racionales que algunos, con humor sardónico, nos han endilgado como un Argumentum ad homínem.