martes, 30 de agosto de 2011

Es que alguna vez te has ido

El día que la mataron lo tenía prensado el pensamiento de que quizá podrían tomarse el riesgo de viajar solos por primera vez en décadas, quizá en un crucero, quizá en un maratón de manejo que les llevara de pueblo en pueblo hasta un amanecer de montaña, o de llano, como los que Juan Rulfo quizá algún día describió. Le tenía apresado el ansia de resarcir el daño, grave o mínimo, que había causado. Ella estaba tranquila, con la mirada de ensueño que le prendía el alma de calores infinitos, que tanto le gustaba a él. Mientras se movían en la prisa de salir a tiempo ya a destiempo, le sonreía intermitentemente, asegurandole, sin decirle, que todo había pasado. Cuando supo del tiroteo y le avisaron que ella había sido una de las víctimas, sintió horrorizado que el mundo se equivocaba como se equivocaba siempre, que la víctima era él y que a ella pocas cosas podían pasarle, como pocas buenas había propiciado él que le pasaran, siendo así imposible que otro incidente de esos tan comunes de balacera entre rufianes y criminales le alcanzara a ella, que tan poco tenía que ver con eso o con cualquier otra cosa vulgar como las que pasan todos los días. Ella no se andaba con esas vainas, que va. Ella se cuidaba hasta de lo que comía, no teniendo para spa ni afeites ni cirugía, recursos de algunas otras que se decían sus amigas, las que creen que son lo especial de la vida y no tienen ni idea de lo que ser especial se trata. Así que ¿cómo creer lo que dicen? no quiere ir a donde le llevan pero le llevan igual, y cierra los ojos cansados de ver tanto blanco y desinfectante y de oler, sí, los ojos, de oler eso que se lleva la vida de uno, nomás entrar, y bajar y moverse entre escalofríos hasta verla ahí, con la mitad de la cara azul y la otra mitad desaparecida. Con un perfil ahora muy querido casi perfecto desde un lado y grotescamente molido desde el otro. No es ella, dijo, tan claramente como pudo sin ser suficiente para ser inteligible, porque los otros repiten como estúpidos ¿cómo? disculpe, ¿cómo dice? y él repitiendo que no es ella, que cómo iba a ser si ella no se andaba con esas vainas, nomás no se andaba con eso. Si la conocieran, repetía, no creerían tal cosa. Eso que está ahi, lo siento, lo siento mucho, pobres los de su familia, llorarán como nunca han llorado, y más por verla así, pobrecilla. Pero ¡que no es, carajo! y lo subieron a un escritorio y le mostraron las fotos y la licencia de conducir, las credenciales viejas de los hijos que son los de ellos, las que le gustaba mirar para que no se le fueran creciendo y se le fueran viviendo y se le fueran, en fin, por ahí para otro lado. Y cuando miró lo que quedaba de la gargantilla de oro con el dije que él gustaba de besar resguardado entre sus senos, le extrañaron los ruidos que le salian de la boca, de los ojos, que le tapaban los oídos y enrojecían las caras de los que miraban y fruncían el ceño, con cierta pena ajena, hasta que supo que iba a gritar y después no supo lo que gritaba, pero era algo de ella, de cómo carajos había permitido que eso le sucediera a ella, precisamente a ella, que nunca se andaba con esas vainas. Y precisamente ahora, cuando se había dado cuenta de que nada era igual sin ella ni nada era como estar con ella. Y sin saber nada se pasó igual hasta el funeral, con un sol de media tarde encegueciendo la tierra, sin nada de lluvia, nada de cielo llorando ni esas cosas, solo los hijos y la misma pregunta y las caras de otros que parecía reconocer, lamentándose de algo que le pertenecia sólo a él, pero no, tambien a ellos, y fue en ese momento que la vio entre la muchedumbre curiosa, y vio el movimiento repentino con el que se le escondió detrás de la cabeza cuadrada de un tipo con uniforme. Se acordó de Onetti, pero no se acordó de qué. Se movió hacia ella, pero algún bien intencionado le retuvo, pensando estúpidamente que haría algo estúpido. Cuando logró zafarse, sólo encontró caras y cabezas reclinadas o mirándole con morbo y empalagosa compasión. Y con eso se quedó hasta que algunos meses después volvió a vislumbrarla, corriendo para alcanzar un colectivo, algo que no habia tomado en años. Corrió igualmente detrás, llamandole, intuyendo que no reconocería ser ella. La sintió revolverse dentro, en su corazón fatigado por la carrera, mientras ella volteaba un instante, sin frenar la huida, y se subía con agilidad inusual para sus cuarenta y tres años, sonriendo sin reconocerle. Él no pudo llegar antes de que arrancase el vehículo y se quedó llamandole a todo pulmón, con la gente vaciandole la miseria excretada por tanta miseria. Se dijo que era cosa de quererla ver, nada más, y así la encontró otras veces, siempre en lugares distintos e incluso excepcionalmente ajenos a lo que ella había sido. Esquiva sin falla, le eludió en cada uno de esos desencuentros fugaces, de esos atisbos de la eternidad. La única forma en que supo atraparla fue contratándola, y con sabores distintos y olores distintos, la fue visitando en cada sitio en el que jugaba a la aparecida, con nombres diversos pero siempre ella misma, siempre la que sabía que él, ahora, no la engañaría nunca más.

jueves, 11 de agosto de 2011

La ecuación de Dios

Juan Palomera González, primo hermano de Julio el hermoso, dotado este último de una fealdad extrema y corazón de oro, se pitorreaba del profesor de matemáticas del 3er curso de secundaria, quien desde el fondo de sus lentes iconoclastas de ateo convencido, afirmaba que era posible probar la existencia de Dios matemáticamente, lo cual lo colocaría del lado del conocimiento puro que no de la religión ni la fe. No sabía cómo, reconocía sin ambages, pero sabía lo suficiente para predecir que alguien lo lograría. Eso era motivo de burla de Juan Palomera, alias el “biguanalachair” quien no soportaba la inteligencia en ninguna de sus formas y sólo aceptaba superior jerarquía de quien mejor se expresase en el espanglish horroroso que se practica entre ciertos quienes y algunos asegunes. El profesor nunca supo que en cierta página de Los mitos de Cthulhu, H.P. Lovecraft, entre el juego semántico y los sofismas sobre cierto misterio de umbrales y seres primigenios, lo había mencionado casi un siglo antes de que el profesor expresase su convencimiento de la naturaleza matemática de Dios. Se dice que Lovecraft, quien por supuesto nunca conoció al profesor, conocía por estudio a Pitágoras de Samos, interesado particularmente en el periodo esotérico de este último, abrevado por las fuentes fenicias de arcaico conocimiento y sus viajes a Babilonia y Egipto. De ahí que Howard Philip haya exhibido con tanta frecuencia al árabe loco, que en cierto sentido, era el precursor del profesor mencionado aunque desconocido totalmente por él. En un instante cualquiera, como ocurre con todos los principios, confirmando a Kurt Gödel y su teorema de la imcompletitud de que en cualquier sistema existe por lo menos una fórmula que aun siendo verdadera no podrá ser jamás demostrada, Julio el hermoso concibió la ecuación que probaba la existencia de Dios, en una imagen reveladora en la profundidad de su mente, sin saber cómo y sin intención, tal cual lo había predicho su profesor, (aunque quizá pensando que eso tardaría unos miles de años) pero no habiendo cursado sino una licenciatura en administración en una de las universidades sin registro formal del país, Julio desconocía el lenguaje matemático y los símbolos para expresar dicha ecuación. En su desesperación, intentó plasmar con dibujos la claridad preeminente de esa afirmación absoluta, pero lo que resultó pareció ser obsceno a todo aquel con quien trató de explicarse. Julio el hermoso fue tachado de ignorante, mentiroso, irreverente y comunista, sobre todo por Juan Palomera, quien nunca dejó de ser el biguanalachair y se la pasaba rompiendo cabezas como policía local. Agobiado y vilipendiado, a Julio sólo le quedó espacio para la soledad visitando a su antiguo maestro, quien tenía algunos años yaciendo bajo una losa que en el frente decía: “tuvo muchos alumnos y ninguno” lo que provocó que Julio el hermoso, quien había ya olvidado la sublime ecuación que probaba la existencia de Dios, se quedara pensando en el sentido de ese epitafio sin que pudiese dilucidarlo, no sabiendo que era resultado del fastidio de la mujer del maestro, a quien le pareció demasiado caro el cobro que hacía, y por cada letra, el lapidario.

Los que miran desde adentro

Combinando los nombres inefables de Dios se dice que algún mago o sacerdote pudo alguna vez crear remedos de hombres y de animales a los que quizá les pusieron nombres y les adoptaron como legítimos, siendo seres que nada tendrían que hacer en este mundo. Pero al no haber cabida en otro universo para las creaciones de los humanos, sus creadores tuvieron que esconderlos de nosotros, los comunes, en el lugar más recóndito e ignoto: el nido del alma. Lo que perdura, después de centurias de magia y conocimiento, es el umbral que separa lo fantástico de lo horrendo, que algunos se cuidan muy bien de traspasar. Pero siendo el modo de percibir ambos un tanto grotesco para la gran mayoría, es la palabra la que nos muestra con palidez extrema lo que se adivina del otro lado. Y así entonces los mitos, los cuentos, las leyendas y las alegorías nos mueven al escepticismo o a la superstición mientras desde uno u otra queremos convencernos que no hay otra cosa aparte de lo que somos. Ciertamente, no vemos el miedo atroz que despertamos en quienes nos residen dentro.

martes, 9 de agosto de 2011

El león

Borges y Bioy Cázares, lectores ávidos y de inteligencia suprema, nos introducen en una de sus antologías a El Panchatantra, fabulario en prosa y verso del siglo II A.C., con el relato de los cuatro brahmanes que regresan a la vida a un león de cuyos huesos debieron compadecerse, mientras recorrían mundo. Siendo el orgullo del conocimiento lo que mueve a tres de ellos, desoyen al cuarto brahmán, dotado sólo de sentido común y menospreciado por menos sabio, quien les advierte del riesgo de reengendrar a un león. Los otros, soberbios en su sapiencia, no objetan que el más cuerdo se suba a un árbol, mientras realizan el milagro de dotar de huesos, carne, sangre y piel al animal. Al insuflarle la vida, la fiera se vuelve contra ellos y los devora, quizá uno por uno, quizá en furiosa carnicería. El cuarto brahmán debió congratularse de su sabiduría, común y llana, que le salvó la vida. Pero el león reencarnado por obra de los hombres, que no de la naturaleza, sigue suelto en el mundo y el brahmán no ha podido bajar del árbol para deshacer el entuerto y tiene siglos observando cómo la humanidad cae presa del depredador. Vishnú Sharma, el escritor a quien se atribuye la autoría del fabulario, puede alegar que ello ya no es responsabilidad suya, pero el mero hecho de tener a Borges y Bioy Cázares metidos en el ajo hace sospechosa su declaración. Aun así, algunos dirán que el león no existe, pero yo he escuchado su gruñido no hace mucho. En realidad, hace un instante.

De cómo los sueños

En el inicio del habla, un hombre soñó con tener a alguien que realizara el trabajo por él y en el afán de darle vida a ese sueño, se hizo poderoso y sojuzgó a otros para darles el nombre de esclavos y vivir a sus anchas sorbiendo el aire de plácemes que destila del sufrimiento inaudible de los sometidos. Otro hombre soñó con tener a alguien que luchara por él y se hizo rico y pagó con creces a los mercenarios que gustosos degollaban a amigos y enemigos para acrecentar la fama y dominio de su contratante. Un tercero ansiaba tener quien le administrara y llevara registro de su vida y pronto le rodearon serviles escribas y consejeros que le diseñaron un complejo sistema de escasez en el que cada cosa tenía un valor supremo. Así, los sueños de los tres hombres encontraron un sitio en la realidad de las cosas, para las cuales no habría objeción dada la intemporalidad de las mismas y el perecedero efecto que ello tendría sobre el destino. El resto de los hombres creyó que esos sueños no eran tales, sino vaticinios y designios altísimos a los que sólo correspondía obedecer, lo cual hicieron hasta que el actuar de unos empezó a cruzarse con el de los otros y pronto había esclavos muertos a puñaladas, sicarios empecinados en extraer alimento de la tierra sin saber cómo y escribas vilipendiando a soldados y siervos, incapaces de una acción fatal. El sueño de los tres hombres comenzó a desmoronarse y tuvieron que hacer lo que tanto habían evitado. El látigo de uno puso a trabajar a los reticentes, la espada del otro acabó de tajo con la alharaca de los revoltosos y la elocuencia del último acabó con el desconcierto y la inconformidad de todo el mundo. La humanidad pareció regresar a su sitio, pero los hombres habían probado que podían hacer otra cosa. Al amanecer del primer año del último ciclo de esos sueños insertos en la realidad, como las cosas habían supuesto, los hombres hicieron que los tres hombres dejaran de serlo y los convirtieron en deidades, adorándolos en todas sus formas, indistintos o convertidos en uno solo, elevados por encima de todos y de todo, sometidos ahora a la voluntad de sus fieles. Lo que hubieran alguna vez soñado no tenía la menor importancia. Ahora sus sueños eran de otros y sus cuerpos desaparecían lentamente, ahogados por la continua letanía que sobre ellos posaron. Ahora los esclavos explicaban su agonía, los mercenarios justificaban su crueldad y los escribas estafaban a unos y otros aludiendo a un divino mandato. Los esqueletos de los tres hombres tienen eras haciéndose polvo. Y no sueñan más.