domingo, 2 de marzo de 2014

Los sicarios

Miró las estrellas, embelesada por la notoria brillantez de una de ellas. Orión se inclinaba a su siniestra, quizá para mejorar la distorsión hacia Géminis. A ella poco importaban los nombres, sabiendo que quien no llama nada, nada a su vez le llama. Murmuraba bajito el único nombre que importaba: Ezael, Ezael. Cantaba cierta letanía agorera de la buena suerte, mientras esperaba a su esposo, que regresaría quizá ese otro día del censo de Augusto. Quizá nunca. ¿Qué harías sin padre, Ezael, si distinto hubiera sido tu destino?. El ecumenismo romano se despedazaba a la puerta de esa vivienda en Belén, hasta donde habían llegado las huestes de Herodes, el sátrapa. Tomó la punta de su manto para borrar una sombra que escurría desde el alfeizar de la ventana. El manto se tornó en esa sombra. ¿Qué serías cuando crezcas, Ezael, si te dejaran vivir?. Los perros ladraban furiosamente, al paso seguro de un guardia del Imperio, cumplida ya su misión. Ella se acercó a la cuna y tomó el envoltorio que se antojaba ligero, cantando suave su nombre y una elegía a los ángeles en el cielo. Pero no nombró a Dios, como al paso. Se sentó en el umbral de la puerta, mirando el lejano resplandor de las fogatas en el pueblo. El envoltorio se le deshizo en el regazo, vacío. Ella cantaba una dulce canción de cuna, con voz agotada, sedienta, armada de una pena entera. No sabía quién nacía a esa hora del mundo.
Miró las estrellas, extrañada de la brillantez de una de ellas. Las luces artificiales se habían apagado hacía horas. Esperaba a su esposo, que no habría logrado pasar a tiempo los retenes e ignominias que ahogan a Belén. La única habitación de la casa todavía en pie, olía a  encierro, o a entierro. Oyó ladrar a los perros, al paso del convoy de los paleros del imperio. La hipocresía humana se regocijaba fuera de esa vivienda, hasta donde habían llegado las huestes de Netanyahu, el cerdo. Tomó la punta de su manto para limpiar una mancha que se escurría de esa frente destruida que protegía con su mano. El manto se convirtió en esa herida. ¿Qué serías cuando crezcas, Azhar, si te hubieran dejado?. ¿Qué seré yo, desde ahora?. Cantó suavemente el nombre del muerto. No sabía qué o quién renacía a esa hora en el mundo.

jueves, 20 de febrero de 2014

Cachivaches

“Pobrecita huerfanita, sin su padre ni su madre,
la echaremos a la calle, a llorar su desventura…”
Ronda infantil

Sabía que el hombre de la carreta pasaría negando con la cabeza lejanas batallas perdidas, seguido de sus perros, asombrosamente feos, pero resistentes como la fiebre, agitando abiertamente la cola y gruñendo a la par ante los falsos ladridos de los dogos de casa. El burdégano, de blanco sucio, ignoraría todo ello, mirando al frente y hacia abajo, tirando con pausas acomodadas al paso del viejo, las inclinaciones de cabeza con que arrastraba la renuente catanga. Metido en esta, entre un olor nauseabundo y un aura indescriptible, asomaría los ojos el pequeñuelo descubierto apenas antier, con el pelo erizado y la mugre pinta como semblante. Cuando escuchó el cascar de las ruedas, asomó al patio primero, luego al cancel, y con un último tirón, se arrojó a la calle, parando en seco la mirada del viejo, y un momento después, su andar cansino.
-          ¿Qué se le ofrece al niño?- Le oyó decir, sin mover apenas los labios, con una voz de aguardiente y un ademán de total lucidez.
-          ¿Que se le ofrece?- Volvió a escuchar, encima de su silencio, sin que con ello se pudiese librar de un temblorcillo extendido arándole la mitad de la espalda.
-          ¿Es su hijo?- preguntó, con voz demasiado fuerte.
El viejo miró hacia la casa, donde se asomaba, tras la cortina, el bondadoso rostro de la madre. Hizo el gesto de sonreír y tocó con las puntas de las uñas, el raído sombrero. Luego le miró a él, ganando para siempre en tamaño y en eterna presencia.
-          Ese niño lo he robado- La voz agria desdecía la abierta sonrisa, con dientes tintos de tabaco y escasa ocurrencia. Él tragó saliva. – Eso, y otras cosas, le pasa a los preguntones-

Su alma se puso a llorar. Sin lágrimas, sin aspavientos, con la garganta cerrada, con el corazón desaparecido. Su cuerpo quedó quieto, sin parpadear. La madre salió de prisa, olvidando casi el metal y el vidrio que había acumulado en semanas. Pasó a su lado, sin verle, negoció con el viejo, y ambos fueron por el material. Él se fue moviendo de espaldas hasta ocultarse, mientras el chamarilero echaba los sacos a su lado y por encima. Y desde ahí, no olvidó nunca los ojos que le miraban, asomando apenas detrás del único árbol de ese jardín, de espaldas a la madre y a la casa, grande y bonita, que divisaba plena, parapetado en ese carromato que se movía.

sábado, 20 de abril de 2013

Hiroto y el Sennin


Al despuntar el alba, Hiroto Kusatsu se encontró mirando una nube en forma de ave protegiendo su nido y pensó que la primavera había sido hasta entonces propicia. La noche le había traído descanso, sin sueños, y la brisa matinal le acercaba aromas que recordaba desde su infancia. Repitiendo una oración, se concentró en la visión del hermoso conjunto que asomaba a través del umbral de su choza: la vegetación de bambú, sus plantas de té y el árbol de alcanfor que destacaba su fronda contra el cielo rosicler. En ese paraje de Kyushu, con los caminos a respetable distancia, Hiroto había visto el mundo volverse otra cosa,  y sonreía al pensar que ese mundo, ahora tan joven, era como un muchachillo rebelde que se destrozaba a sí mismo al menor capricho. No necesitó intuir la presencia del extraño; los ladridos de los perros vecinos, la única molestia en su apacible existencia, se la revelaron.
Hiroto se incorporó, sofocando un suspiro, y se acercó al umbral sin puerta de su vivienda. Salió al aire libre y se sentó sobre un tronco que le servía para cortar leña. Contó los trinos de los pájaros y miró caer una hoja sobre el pequeño estanque a su izquierda. Observó al visitante recorrer los últimos metros del sendero que llegaba hasta el inicio de su pequeño jardín, y comenzar sus reverencias desde ahí, lo que convertía su caminar en una danza ridícula que Hiroto no pudo resistir. Con una gran sonrisa, le invitó a acercarse.
-Buenos días, Hiroto Sensei – dijo el visitante, con un tono humilde a pesar de sus ropas costosas y su reloj chapado en oro.
 - Buenos días, Chan- Hiroto miraba al personaje con afectuosa curiosidad. Colocó las manos juntas y ambos se dispensaron sendas reverencias.
- Vengo desde muy lejos a pedirle consejo – el visitante se frotaba las manos sin saber a ciencia cierta si debía sentarse frente al viejo o permanecer de pie. Hiroto Kusatsu no reparó en ello o no quiso hacerlo. Tomó la taleguilla que colgaba de la pared exterior a su espalda, y sacó algo que comenzó a mascar con lentitud exagerada. Miraba al sendero. Señaló un punto detrás del visitante y respondió:
 - Si, lo he notado –
 El visitante carraspeó, inquieto. Finalmente, alzando la voz, dijo vehemente:
-  Quiero ser un Sennin-
Hiroto no respondió de inmediato, pero alzó la vista y miró los ojos del visitante. Descubrió lo mismo que en los otros. En tantos otros.
-  Ya lo sabía – Hiroto se recriminó el lugar común, pero en ciertas horas tendía a ser demasiado benevolente consigo mismo.
-  ¿Cómo podía saberlo?- preguntó, incrédulo, el visitante.
-  Bueno, quizá porque yo también he leído a Akutagawa – y metiéndose otro poco de té entre las encías, continuó- o porque sólo eres el último de la miríada que ha venido a lo mismo-.
-  ¿Otros lo han intentado antes que yo? – A Hiroto todavía le asombraba comprobar cuan abundante es la estupidez. Y la soberbia que siempre le acompaña.
-  Claro que sí, ¿no crees que todo aquel que haya leído el cuento de Akutagawa querría ser un Sennin? Afortunadamente, la sabiduría es de naturaleza Kami. En este mundo no habría espacio para tanto mago e inmortal. Nada seriamos ahora-
-  ¿Usted es un Sennin?
-  No, claro que no.
-  Pero la gente me ha enviado hasta acá, diciendo unos que es Usted un gran sabio; otras, que es un mago, e incluso hay quienes afirman que es Usted un hechicero que puede curar o matar a voluntad. ¿Es eso cierto?-
-  Lo único cierto es que siempre habrá quien lo crea-
 Hiroto se incorporó, algo cansado. Miró sus manos, plenas de arrugas y suave calma. Con afabilidad, comenzó a dar instrucciones.
-  Camina por este sendero hasta encontrar una vía de ferrocarril. De ahí, tornarás a tu izquierda siempre, en cada bifurcación, hasta llegar a Kioza, donde preguntarás por Yakeshi Chikamatsu, el hombre más viejo de esa región. Quizá él te pueda aconsejar para lograr lo que quieres. Pero ten cuidado, Yakeshi tiene poca paciencia.-
 -  Ya he estado ahí. He corrido como gamo ante el cazador, perseguido por las fieras de ese tal Takeshi. Ni siquiera tuve oportunidad.-
-  No es de extrañar. Takeshi morirá pronto y no quiere perder tiempo con nadie que no sea él mismo.- Hiroto pretendió hacer memoria. – Sé de Yudai Matsuzawa, en la provincia de Minamishimabara. Él es más joven incuso que yo. Tal vez él sepa algo. He enviado muchos con Yudai y ninguno ha regresado. Supongo que habrán conseguido lo que buscaban.-
 -  No lo creo así- respondió desalentado el visitante- Yudai está muerto. No tuve que llegar hasta allá para averiguarlo. Murió de enfisema, dicen los médicos, pero la gente murmura que el opio fue su verdugo. Yo venía de buscar a Yusei Fukao, con quien pude entrevistarme. Él fue quien me envió con Yakeshi Chikamatsu, porque creía que Hiroto Kusatsu se había convertido en Kami, después de los novecientos años de vida que le achacan. Yusei cree que Usted es un espíritu de los bosques, y que en vida fue un verdadero mago. Pero Yusei no tiene Internet, y por eso no puede saber que Usted aún vive ni sabe dónde encontrarlo. Yo sí le encontré. Pero parece que Usted tampoco puede ayudarme.-
Hiroto se puso a pensar. Y llegó a una resolución.
 -Bueno, tanto como no ayudarle-
 -Entonces, ¿sí puede?- Esperanzado, el visitante sonrió por primera vez. –Le deberé la vida, si lo hace- y fervorosamente, se inclinaba una y otra vez hasta que Hiroto le detuvo con una mano sobre su hombro, algo fastidiado.
 -Si quiere ser un Sennin, yo no soy quien para detenerle. Venga, entremos a la casa-
Una vez dentro, Hiroto vertió una fusión en un vaso y se lo ofreció al visitante
-  Tenga. Bébalo todo- El visitante temblaba de excitación, pero dudó un momento. Sumiso, pero no enteramente, preguntó:
-  ¿Qué es esto? ¿me pasará algo?- Hiroto, que acomodaba mientras las esterillas para sentarse, respondió, molesto:
-  ¿Qué? No, hombre, es solo té. Cálmese-
Cuando ambos se encontraron de frente. Hiroto inició su exposición.
-  A Gonzuke le tomó 20 años convertirse en Sennin. Y fue su fe inquebrantable lo que le permitió alcanzar esa santidad. ¿Tiene Usted la misma fe?-
-  He creído en mi emperador y mi patria por cuarenta y tres años exactamente. He seguido fielmente las instrucciones de mis superiores durante más de treinta. He mantenido la fidelidad a mi esposa por veinticinco años, aún después de que ella se mudó de Osaka, donde resido, a un departamento más pequeño en Tokio, donde ahora reside. Fui guardián y proveedor de mis padres hasta que emigraron a los Estados Unidos con mi hermana Oyuky Smith, y aún frecuento a mis amigos de Universidad, una vez al año, por Skype. He sido un buen padre, proveyendo de ipods y ipads a cada uno de mis dos hijos, bueno, hasta que mi hija Iriko se empeñó en cambiarlo por un  Samsung Galaxy S NTT DoCoMo. Creo que sí tengo la fe.-
-  Tienes muchas otras cosas-
-  Yo sé, he sido afortunado-
-  Carencias. Falacias-
-  ¿Cómo?
-  En fin. No sé cómo puedes llegar a ser un Sennin, pero creo saber cómo puedes intentarlo.-
-  Dígamelo, Hiroto Sensei. Yo haré lo que sea necesario y así me convertiré en un Sennin.-
-  No lo sé de cierto. Tengo 87 años y seguramente no veré lo que ocurra contigo. Si logras hacerlo, será por tu propio mérito. Si no lo logras, al menos habrás pasado el resto de tu vida intentándolo, que es mejor que lo que tienes hasta ahora.
-  Mmhhh-
-  Bien. Dame tu celular-
-  Ejem, ¿Cómo dice? ¿Mi celular? Pero ahí tengo a todos mis clientes. Mis superiores me envían mensajes constantemente y además, sigo las noticias y los movimientos de la Bolsa. Desde ahí manejo mis cuentas bancarias, mis pagos por servicios,  las colegiaturas, mis suscripciones y hasta mis cuotas del club de golf. Mis reservaciones, mis programas favoritos, mi música, mi agenda, mis libros, mis reuniones familiares a distancia, mis recordatorios de las fechas importantes, como el reporte semanal de ventas, las fiestas religiosas y mis días de sexo. Es mi carnet de identidad en los circuitos de seguridad y mi pase de entrada a eventos, áreas de servicios, y salas VIP. ¿Qué haría yo sin él?
 -  Ese celular te ata al fardo inútil que es el mundo. No puedes elevarte como un Sennin si llevas ese lastre.-
-  Pero yo quiero ser Sennin para equiparar la fuerza de mi celular. Para hacer el mismo número de cosas que él. Juntos, ¡seriamos invencibles!. Y podría vencer en ventas al maldito de Shengai Wilson, quien me ha derrotado por diez años consecutivos-
 Hiroto guardó silencio. Había cerrado los ojos y movía los labios como en la oración. Puso las manos en sus rodillas y se incorporó lentamente. Caminó por la habitación, buscando algo que sabía encontraría. Finalmente, se volvió hacia el visitante, que le miraba con expectación y anhelante alegría. Hiroto inicio la última disertación de ese día:
 -  Takeshi usa perros; Yudai se hace pasar por muerto y Yusei los envía siempre con otro. Yo he descubierto que el mundo no está del todo errado y a veces crea artificios realmente útiles. – Y levantando el brazo, le apuntó.
 Y mientras apretaba el gatillo del taser y miraba al visitante reaccionar a la descarga con  espasmos y gritos, algunos con cierta nota de incredulidad, Hiroto Kusatsu pensaba, con certeza absoluta, que él nunca llegaría a ser un Sennin.

lunes, 4 de febrero de 2013

SÓLO DIJE QUE TE QUIERO


Y sirvió el café, con cierto insólito atrevimiento, desnuda como una sombra aunque mucho más luminosa. Sonreía mirándome entre el vapor que emanaba de la cafetera y le desleía el ojo izquierdo ¿o sería la sonrisa?. Sus pechos subían y bajaban como entre mis manos, sin la gloriosa lujuria que antes les inflamaba, aunque con las crestas erguidas como siempre temprano en la mañana. Me miraba mientras el líquido caía y caía, mientras se derramaba un poco. Sabía que el deseo inundaba mi percepción y que eso me nublaría el juicio, facilitando lo que fuera, exonerándola para siempre. Se giró hacia mí, con la taza ridícula y un platito debajo, depositándoles sobre la mesa al no encontrar mi mano. Advertí el vello triangular enmarcado por esa extrema suavidad que todas tienen entre los muslos.
-Anda, bebe- dijo ordenando - eso te despertará. Aunque veo que ese otro ya ha despertado - y el arroyo de su risa me batió por entero, haciendo que se elevaran mis brazos, en un intento tardío de posesión. Ella retrocedió divertida, agitando el pelo.     - Me gusta- casi cantó desde detrás de la taza - me gusta más que tú-
El celular danzó sobre la superficie de madera, girando contra reloj mientras Beatles cantaba she loves you yeah yeah una y otra vez hasta que contesté la llamada. - Hola, mi amor, buenos días- sonó la voz lejana de alguien que yo conocía. - ¿cómo dormiste? espero que todo salga bien y regreses pronto - y luego, con una risita aún nerviosa después de 20 años de pretender conocernos- ya te extraño-.
Bien – atiné a responder- estoy bien.
Ella se acercó con ambas manos libres. Lo que tocó me hizo inflamar el pecho y aumentó mi momentánea ausencia. - Los niños te mandan saludos - seguía escuchando, increíblemente ajeno a esa historia - y yo te mando un beso - una pausa- donde ya sabes-. Oír eso me regresó al mundo de golpe, violentamente. Ella lo sintió en la mano y pensó golosa que era otra la reacción - mmmhhh- musitó, antes de arrodillarse. Respiré hondo, demasiado hondo. - ¿qué tienes? - preguntó el teléfono- ¿estás triste? - un furioso aleteo de conciencia se me vino encima, como un latigazo. Y un lamento se me agolpó en la garganta. Quise ofuscarlo y me encontré gimiendo, con placer. Reaccioné de inmediato. -Yo también te extraño, no sabes cuánto-. A no extrañar, mi mentira sonó  convincente. Tanto así, que la creí con soltura y cierta desfachatez. Desde abajo, sus ojos se volvieron hacia mí, diciendo claramente "cínico" mientras ella sonreía con la boca llena. Redobló los giros de su cabeza, mientras su mano abandonaba mi muslo y bajaba hacia el suyo, al origen de todo. -Gracias amor- insistió la voz del teléfono - necesitaba escuchar eso-. Algo me crujió dentro. Era ridículo pero verdadero. Algo parecía haberse roto en algún lado de ese de adentro. Me abandonó la firmeza. Ella, al notarlo, abandonó también. Eso mostraba su verdadera experiencia. Irguiéndose, acercó sus senos a mi rostro, exudando su aroma. Yo sentí ganas de nuevo. Y también de llorar. No acerté a responder. Pero dije lo que siempre anda uno rehuyendo: te quiero. Ella oprimió un pezón contra mi mejilla derecha, mientras su voz musitaba en mi oído: "repite eso". En el teléfono, la otra voz inquiría: "¿qué dijiste? no escuché bien". Mi voz sonó rasposa, algo enconada
-Sólo dije que te quiero-
No corté. Apagué el teléfono.

martes, 29 de enero de 2013

Pianista en una casa de putas



Despertó con la urgencia de ir al baño y sólo pudo darse cuenta de su desnudez al sentir el escobazo de doña Remedios atinado en plena nalga izquierda, la de la mancha carmín de nacimiento. Sintió el escozor de las cerdas de plástico y el rencor de esa señora de la limpieza que nunca le había querido bien. “Cabrón malnacido” repetía furiosa, mirándole el paquete bamboleante mientras él brincaba para esquivar los pretendidos golpes. “No tienes vergüenza”. Regresó de prisa a la habitación de los trebejes donde tenía una manta en el suelo y una almohada hedionda de orines para apaciguar la fatiga. Se puso los pantalones de pana regalo de Sonia, la más reciente, y salió mesándose los cabellos y las nalgas, herido por el pundonor de Remedios, la misma que cierta noche había entrado a ese cuarto dizque para buscar artificios y se vació de soledad montada sobre él, machacando un ritmo extraño entre tanta carne y sudor, emitiendo grititos que nada tenían que ver con su apariencia. “Todas fueron princesas algún día” pensó en aquel entonces, “pero ahora sólo es fantasía”.  Recordó el gesto esforzado, como buscando un sueño, que había deformado aún más las facciones de Remedios. Recordó que casi la quiso en ese momento. “El amor es pura lástima”, se dijo, abriendo la bragueta y separando los pies, parado frente al único árbol de un patio lleno de escombro y basura. Se sabía muy igual a ella, con su cuerpo escuálido y su cabello escaso por el sarpullido,  “es la única forma de quererlo a uno”. Miró hacia las ventanas minúsculas de los pisos superiores, asomadas a ese cuadradito de cemento con tres macetas que cagaban los gatos, y pensó que ese amor se vendía  y compraba al por mayor en esa casa, regenteada por hombres jodidos por el dinero y habitada por mujeres que adolecen del mismo vicio. Recordó que algo tenía que hacer, pero no pudo precisarlo. Escuchó el grito de Remedios indicando que él se encontraba en el patio meando, y se apresuró a guardarse y correr a su cuarto, hasta donde Felicitas fue a aporrearle la puerta. “¡Te estoy hablando, cabrón!” gritaba, en un sofocante aullido, “¡O sales ahorita o te parto el hocico!. Cuando asomó, levantó el rostro hacia la boca vociferante que le arrojaba gotas de saliva y mentadas de madre. ¡Te dije que no volvieras a molestar a ninguna de ellas! y mientras le zarandeaba, rasgándole la camisa manchada de aceite y de simple mugre, le azotaba el rostro a bofetadas que le hicieron verdadera mella, dado el desprecio y la saña con que eran dadas ¡y aún así fuiste anoche al cuarto de la Camila, cuando te dije que no te metieras con ella, de todas, menos con ella” . Él no levantó los brazos ni hizo gesto de defenderse, apelando instintivamente a la compasión como su mejor defensa. ¡Tullido asqueroso, piojoso de mierda! ¡Sólo porque te tengo lástima no te echo a la calle, o a los perros, o a la policía! Y recalcaba lo dicho con zoquetes y pellizcos que dolían físicamente, pero eran una violencia menor comparada con los golpes. ¡No vuelvas jamás a intentarlo! ¿Me escuchas? ¡Jamás!. Está bien que son putas, pero se acuestan por dinero, y si quieren y pueden, por placer, pero no con alguien como tú, ¡ sólo les das asco!. Y le estrelló la puerta en la cara, lanzando improperios contra Remedios, contra la casa, y contra las malditas putas que sólo causaban problemas mientras una se esforzaba porque vivieran mejor. Él se recargó en la pared, sollozando, dejándose caer poco a poco hasta quedar en cuclillas, abrazándose las rodillas, escondiendo el rostro tiñoso entre los muslos, dejando salir todo. Escuchó a Remedios pasar frente al cuarto, diciendo que no hay que hacer caso, y luego, después de un rato, los pasos de Felicitas regresando por el pasillo, deteniéndose frente a su puerta, abriendo despacio y acercándose con menos silencio, para posarle la mano en la cabeza, y asentarle una escudilla con las sobras de la cena. “Anda, come”, le escuchó decir, con la misma voz  pero como otra persona, “y no vuelvas a hacerlo”. Él tomó la brusquedad del trato con agradecimiento e intentó sonreír para ganarse aunque fuera una fugaz mirada compasiva. Se sintió reconfortado al recibirla y respondió, por una vez contento: Sí, mamá, no volveré a hacerlo”.

lunes, 12 de noviembre de 2012

DE PLATÓNICO EL AMOR

La vio venir, buscándole con la mirada. Recordó que le había indicado esperarle en la acera de enfrente, justo al lado de un puesto de periódico con pocos periódicos y muchas revistas envueltas en bolsas de plástico y tetas al descubierto. La observó mientras ella buscaba algo en su bolso y luego se pintaba los labios con ello. La deseo desde ahí, como si una parte del cuerpo se le desprendiese por completo. Miró al mismo tiempo que ella el reflejo de su figura esbelta, su pelo corto, sus ojos perdidos. Se sintió parado justo detrás de su espalda, con las manos queriendo su cintura, sus  senos, sus hombros descubiertos recién. Formó un beso con los labios y cerró los ojos, una figura  inmóvil a 50 metros de distancia, en la esquina opuesta, rodeado por la muchedumbre en marcha, por la muerte anónima que circula siempre por las aceras. No dejó ir el beso sino que lo conservó, retrayendo los labios en una semisonrisa que los parpados cerrados hicieron aún más notoria. Se sintió estremecer en una mano, ansiando el saludo que nunca llegaría. O la caricia. Le registró los zapatos ridículos, los brazos rollizos y la edad. La amó por un instante, hasta que el camión urbano que interrumpió su visión le apagó el momento con el ruido y su gas venenoso. Paladeó todas las posibilidades de amor e infelicidad que hubiera podido tener con ella. Se despidió con un gesto de las cejas, una cálida mirada desde sus propios ojos, y un pequeño silbido que la llamaba por su nombre y se alejó en dirección cualquiera, sin notar siquiera que ella finalmente volvía su cabeza hacia su persona andante,  y mirándole las espaldas, sin conocerle, se preguntaba en silencio: “¿era este el sitio?”; “¿me habrán engañado otra vez?”.


R.A. Simental

viernes, 10 de agosto de 2012

Estrépito

Sube. Duele pero sigue subiendo. El tirón en la pierna es apenas el preludio, lo sabe, pero detener el ascenso es condenarse al olvido. Ha alcanzado la cima. Siente el viento en su cara. Es tiempo de bajar, se dice. Y baja. Baja con estrépito. Duele, pero es solo un instante y a cambio ha alcanzado la primera plana.